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Estrellas

ENTRE LOS trece y los diecisiete años, cada verano dedicaba parte de las noches de agosto a la búsqueda de estrellas fugaces. El método era siempre el mismo: mis amigos y yo nos tumbábamos en algún lugar que nos ofreciese una buena perspectiva de la bóveda celeste, y esperábamos la aparición de un destello con el deseo de turno preparado entre los dientes. Costaba escoger un punto concreto del cielo: íbamos llevando la mirada de aquí a allá, siempre impacientes, a veces hastiados del que confundía las luces de un avión con un cometa, cuando no con un platillo volante. La operación no solía dilatarse mucho: nos cansábamos de mirar aquel cielo cuajado de diamantes diminutos, y alguien proponía emplear el valioso tiempo de nuestras vacaciones en algo más productivo que el avistamiento de estrellas huidas. Creo que jamás vimos una, y seguramente todos aquellos deseos sin expresar se perdieron con la adolescencia.

En la noche del viernes, sola por primera vez, decidí repetir la experiencia: busqué un lugar oscuro, me tumbé en una hamaca envuelta en una manta, y fijé la mirada en un punto del cielo, muy cerca de la osa mayor. Hacía frío, pero la noche era pura y limpia, y el firmamento parecía más inmenso y más lejano que nunca. Tuve una paciencia mineral, pero pronto la búsqueda dio sus frutos, y ante mis ojos aparecieron, treinta y tantos años después, las estrellas fugaces en las que tantas esperanzas puse durante las lejanas noches del estío de la adolescencia. Fue un momento extraño: allí, yo sola, en la oscuridad y el silencio, mientras un cielo negro y salpicado de luces pequeñísimas aparecía surcado por la estela luminosa de las lágrimas de san Lorenzo. Solo después me di cuenta de que, conmovida por la paz y la belleza de tanto infinito, había olvidado pedir ningún deseo. Y sonreí intentando recordar los deseos que, a los quince años, quedaban en manos del capricho de las estrellas para ser formulados. Quizá, también, para verse cumplidos.

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