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El mismo mar

EL OTRO DÍA, en una entrevista veraniega para un periódico, me preguntaron por un recuerdo de infancia. Inmediatamente se me vino a la cabeza uno muy concreto: la primera visión del mar en cada verano. Cuando yo era pequeña, cada año mi familia y yo cruzábamos España en busca del Mediterráneo, y uno de los momentos de felicidad plena era el del primer día en que íbamos a la playa y veíamos, once meses después de hacerlo por última vez, aquel mar azul de todos los veranos, cálido y manso, en el que las olas eran apenas amables rizos en una superficie pacífica y nada amenazante, libre de corrientes y peligros. Aquel mar, de un color imposible, tan brillante que casi hacía daño a los ojos, era un mar tranquilo y perezoso, y a diferencia de los mares del norte, no olía a nada, ni bramaba como lo hacen el Cantábrico o el Atlántico apenas empieza a soplar el viento. Los niños entrábamos en aquel mar confiados y pletóricos, hundiendo los pies en la arena mojada salpicándonos unos a otros y gritando de pura alegría, hasta que el agua nos cubría lo suficiente como para empezar a nadar, al principio con la torpeza de las extremidades oxidadas, luego ya con la pericia del que se reencuentra con una habilidad adquirida, y éramos conscientes por fin de que estábamos de vacaciones. Y era aquel un momento irrepetible de plenitud absoluta, con el largo horizonte del verano extendiéndose ante nosotros, y aquel mar del que tomábamos posesión recibiéndonos por primera vez con su temperatura hospitalaria y su caricia fraterna. Luego llegaban otras jornadas de baños de agua salada, de diversión y de castillos de arena, pero ninguno era comparable al primer día en que veíamos el mar. Tuvimos muchos primeros días. Unos sucedieron en Valencia, otros en Ibiza, en Almería, en Castellón, Peñíscola, en Calpe, pero se asemejaban mucho los unos a los otros, porque, parafraseando a Tolstoi, todos los instantes felices se parecen. Y quizá por eso es más El mismo mar fácil recordarlos.

El mismo mar