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El bosque de los deseos

EN LA SEDE del gobierno madrileño han instalado, además del tradicional nacimiento (una maravilla levantada cada año por la asociación de belenistas, con su desierto, sus rebaños de cabras, sus arroyos y cascadas y esta vez incluso un lago inmenso), un bosque de árboles de Navidad. A la entrada, unos jóvenes vestidos de elfos invitan a los visitantes a colgar en los árboles una bola de papel con sus deseos para esta Navidad. Recorrer la instalación inspeccionando los deseos de otros es toda una experiencia. Entre los más prácticos ("un ordenador", "una bicicleta" "un móvil nuevo que el mío está roto") y los recurrentes deseos de paz en el mundo, está toda una desopilante colección de peticiones: "Que a mi madre le toque la lotería y a Maruja no" (daría cualquier cosa por saber quién es Maruja), "Que no vayamos de vacaciones al pueblo", "Que se marchen los del cuarto B"). También hay reclamaciones políticas ("Que se vayan Vox y Podemos", "Que haya gobierno", "Que se pongan de acuerdo, pero con sentido". Y, por supuesto, están los deseos emotivos y dolorosamente sinceros que esconden la dureza de muchas vidas: "Que mi padre encuentre trabajo", "Que podamos pagar la hipoteca", "Que mi hijo se cure". Es curioso: la petición de salud en todas sus modalidades es lo más recurrente en este bosque de buenos augurios. Una buena parte de las bolas de papel —muchas escritas con caligrafía vacilante— se limitan a solicitar modestas peticiones de bienestar físico, para alguien o para todos. Hay muchas, muchísimas más solicitudes de salud que de dinero. Mi sobrino Nachete pidió que se batiese un nuevo récord en la operación kilo, lo cual me pareció una buena muestra de pragmatismo generoso. Yo, por mi parte, no me atreví a complicarme la vida con reclamaciones, así que cogí la bola blanca que me tendía una chiquilla sonriente y, tras pensarlo mucho, garabateé el consabido "Feliz Navidad". Me parece que, en estos tiempos, es más que suficiente.

El bosque de los deseos
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