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Doña Asunción

A ASUNCIÓN Balaguer la conocí en radio nacional, en un programa de madrugada en el que yo colaboraba. Llegó bien pasadas las doce de la noche, vivaracha y despierta, y creo que ni siquiera quiso tomar el café que le ofrecieron. Bebió agua y charló mucho con el equipo antes de entrar en el estudio, y luego allí nos contó cosas de su trabajo y de su vida. Aunque no era lo más ortodoxo, todos queríamos que nos hablase de Paco Rabal, su marido, y a ella no le importaba hacerlo: entendía que son gajes del oficio cuando una ha estado casada con uno de los grandísimos nombres de la historia del cine. Asunción nos explicó que algunas veces su marido salía por la noche y volvía de madrugada.

Ella le esperaba acostada, primero enfadadísima por la ausencia y la tardanza, luego preocupada por las horas, y porque siempre tenía miedo a que Paco no volviera. En cuanto escuchaba las llaves en la puerta y el tímido portazo que anunciaba el regreso, aseguraba que se le pasaba el disgusto y la rabia, y se quedaba dormida otra vez, porque ya lo tenía en casa.

Recordando aquello, se le subía a los negros ojos vivaces una sonrisa nostálgica, y suspiraba por su Paco, que pretendía envejecer con ella pero había muerto antes de tiempo en Burdeos, como último guiño a Goya. Asunción Balaguer se sobrepuso a la viudez gracias al cine y al teatro, y dejándose querer por los suyos. También por el público, que siempre le profesó un cariño merecido. Doña Asunción, la Balaguer, trabajó hasta el final: "no sé hacer otra cosa", me dijo a modo de disculpa cuando me la encontré en vísperas de uno de sus últimos estrenos. Era una mujer adorable, dulce y alegre, con esa gracia inconsciente que algunos llaman simpatía. Ayer murió en su casa de Madrid, nonagenaria y lúcida. Quizá en su última noche se durmió acechando los ruidos de la oscuridad, esperando escuchar las llaves en la puerta y los pasos inconfundibles de su Paco, que volvía a casa una vez más para quedarse con ella.

Doña Asunción
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