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Costumbres

En el verano de 2012, Marcial y yo pasamos las vacaciones en un pueblecito de la Toscana. Se llamaba Pienza, y era diminuto y precioso, un delirio de piedra renacentista, callejas intrincadas y paz a raudales, donde toda vida humana se extinguía a las diez de la noche. Eso no estaba en el guion, y supuso algo de desconcierto: ambos somos de aficiones nocturnas, y hubiéramos querido salir a cenar tarde, tomar una copa nocturna en una terraza y pasear a medianoche entre una animada grey de turistas, como habíamos hecho años anteriores en Dubrovnik, en Riga o en Istria. Pero reajustamos los horarios y las costumbres. Cenábamos a las siete y media (recuerdo aquellos inolvidables picci alla cinghiale regados con vino de Montepulciano) y luego caminábamos por las calles desiertas antes de refugiarnos en el silencio del hotel, un antiguo convento sobre las suaves colinas toscanas. Nos adaptamos a aquella nueva forma de pasar las vacaciones, y la noche en que Marcial acabó jugando con los ancianos del lugar a lanzar un queso en una curiosa variedad de petanca, pensé que podríamos vivir siempre así. El tiempo se encargó de quitarme la razón cuando volvimos a Bolonia y de nuevo preferimos cenar a las diez y hacer la sobremesa en terrazas ruidosas, pero esa ya es otra historia.

Recordaba las vacaciones en Pienza ayer mismo, cuando veía a los madrileños abarrotando los restaurantes cuando aún no habían dado las ocho de la tarde. El toque de queda ha metamorfoseado las normas de una ciudad que es, de ordinario, noctámbula y gamberra, y ahora se aguanta y cena antes de las nueve, y se toma los gintónic a las seis de la tarde. Es lo que toca. Esto no va a durar siempre, pero mientras las restricciones estén ahí, apuesto por atarnos los machos y seguir viviendo con otras reglas. Y cuando lo dude, recordaré mis vacaciones en la Toscana y a Marcial jugando con unos viejecitos a tirar un queso a la misma hora en que de ordinario estaría preparándose para salir de casa.

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