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Las ciudades perdidas

EL MUNDO era ordenado y feliz, Marcial y yo viajábamos con cierta frecuencia. Las parejas sin hijos gozan de la indudable ventaja de no tener nada que organizar cuando encuentran un vuelo absurdamente barato o una oferta en un hotel: sólo hay que hacer la maleta y pedir un taxi al aeropuerto. En estos años, fui construyendo una geografía habitual de algunas ciudades referenciales, y en ellas tengo también mis manías y mis costumbres: el bistrot de la Isla de san Louis donde sirven el mejor confit de pato del mundo, la terraza romana de Campo de Fiori, el bar londinense en el que hay que pedir un raspberry Martini, la pastelería lisboeta donde los pasteles de nata son más crujientes. Por supuesto que en esas ciudades me quedan rincones por descubrir, pero me obstino en respetar mis rutinas allí, porque es una forma de demostrarme que hay algo en ellas que me pertenece, o a lo que yo pertenezco.

Por supuesto, esas secuencias implican también cierto grado de frustración si las interrumpe el destino. Recuerdo mi desconcierto cuando cerraron Nat Sherman, la tienda de tabacos de la quinta avenida de Nueva York en la que compré el mejor regalo que hice nunca a Marcial, o aquella vez que salí bañada en lágrimas del bar de un hotel en La Habana tras enterarme de la muerte del pianista prodigioso al que había conocido en un viaje anterior y por el que había preguntado con el desparpajo del cliente habitual, como si aquel músico y yo fuésemos viejos camaradas, antiguos cómplices en el vestíbulo del Ambos Mundos mientras él tocaba una canción de Silvio Rodríguez y yo sorbía un daiquiri intentando adivinar dónde se sentaba Ernest Hemingway.

Hoy, que no podemos viajar, añoro esas ciudades que estaba convencida de que eran mías, y pienso en tantos rincones que creí que formaban parte de mi mapa personal. Y temo que, cuando consiga regresar a ellas, el destino haya cambiado de sitio los lugares familiares, o los haya hecho desaparecer para siempre.

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