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Adviento

HACE CUARENTA años (que se dice pronto), diciembre era mi mes favorito de todo el año. Con él empezaba el adviento, y arrancábamos los días que pasaban en un calendario con ventanas que ocultaban escenas navideñas y mucha purpurina. En el primer fin de semana montábamos el árbol y el belén, para el que previamente habíamos recolectado musgo y comprado un serrín que olía a madera fresca, y llenábamos la casa de campanas de plástico, velas coloradas y ramos de acebo. Luego llegaba el aprovisionamiento de golosinas —de las que en realidad solo me interesaba el turrón de chocolate de Suchard— y la consabida carta a los Reyes Magos, que escribía mordisqueando el lápiz y devanándome los sesos, dudando entre pasarme pidiendo o quedarme corta en la relación de deseos materiales.

Los anuncios televisivos lanzaban su oferta de muñecas, trenes eléctricos y juegos de construcciones, y a cada comercial yo creía haberme equivocado en la decisión: ese juguete era más bonito que el que yo había pedido, el bebé de pega parecía más real que el que estaba en mi carta. Se recibían y enviaban felicitaciones que tenían pintadas casitas con chimenea humeante, y belenes de Ferrandiz. Los niños escrutábamos el cielo en busca de la nieve, porque todos soñábamos con las navidades blancas de la películas.

En el colegio se ensayaban villancicos que cantábamos desafinando y se recortaban estrellas de papel para poner en los cristales. Leíamos cuentos navideños y la tele programaba el ‘Christmas Carol’ de Charles Dickens y alguna versión de ‘Mujercitas’.

Papá Noel apenas se había hecho sitio en nuestra imaginación, y todo lo fiábamos a los magos de oriente. Y aquí y allá, el aviso ante cualquier conato de mal comportamiento: "Te están viendo los Reyes". Aquella frase susurrada por padres y abuelos era la peor amenaza de aquella época dichosa. Hoy empieza el camino hacia la navidad. Ojalá todos los niños lo recorran con la ilusión y la alegría con que yo pude hacerlo.

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