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Rumanía, tan lejos tan cerca

TENGO UNA minúscula cocina con vistas a las medianeras de Lugo. Sobre las siete me hago el café de pota como me enseñó mi madre para disfrutarlo después con un cigarro y un vistazo rápido al patio de vecinos del Facebook. Divago sobre el clima, sobre mi fondo de armario. Escribo una agenda mental, me planteo pequeños retos. Todas esas rutinas, a veces, necesarias.

Desde hace un tiempo, mi café, mi pitillo y mis proyectos cotidianos se animan con ecos del Este. Música interpretada para los clientes del Gadis por un rumano de mediana edad que a sus pies coloca una cestita para la voluntad. Con un poco de imaginación, el olor a tostadas del bar de abajo y un dispar repertorio de acordeón que recorre los sonidos de Europa, hay mañanas en que mi calle se parece un poquito a París.

Bucarest, la capital de Rumanía, centro cultural y económico del país y fundada hace más de quinientos años, fue bautizada en los años 30 del pasado siglo como ‘El pequeño París’ gracias a su arquitectura y sus inmensas avenidas guardadas por árboles. Aún hoy conserva el encanto ciertamente decadente de un pasado que se vio truncado durante la dictadura de Nicolae Ceau?escu.

Los 32 años de comunismo concentrado en su figura vistieron la ciudad de edificios colosales. El mejor ejemplo de ello es el Palacio del Pueblo, el segundo edificio administrativo más grande del mundo tras el Pentágono. El titánico ‘inmueble’ se extiende sobre una aéra de 340 mil metros cuadrados. Para su construcción se tuvieron que derribar diversos barrios, una docena de iglesias, sinagogas y más de siete mil casas. Actualmente alberga el Parlamento Rumano, se alquilan múltiples salas y muchas más permanecen cerradas.

Cultura. Durante la dictadura comunista fueron prohibidos el teatro o el cine; solo se permitió la lectura

Este símbolo del odio para los locales se ha convertido hoy en atracción turística del país balcánico, al igual que la pared amarillenta agujereada a balazos por el fusilamiento de Ceauçescu y su mujer, Elena, el 25 de diciembre de 1989. Pero no son los únicos puntos de interés para el viajero: la fortaleza de Bran, conocida popularmente como el castillo de Drácula -hay más de leyenda que de rigor histórico- es uno de los destinos predilectos por los turistas de la Europa occidental. Rumanía, uno de los países más pobres de la UE, ha encontrado, de una manera casi ingenua, un filón en la explotación de su riqueza artística, paisajística y cultural.

Lo sé. Tecleen la palabra «rumano» en Google y la lista de resultados es espeluznante. Violencia de género, mafias, robos, trata de personas, asesinatos... Todo ello ha contribuido a crear una imagen sobre Rumanía y los rumanos llena de prejuicios, que no tiene en cuenta el factor desesperación de las clases más pobres que han arribado a Occidente en los últimos años.

Edificios abandonados o campamentos improvisados en las afueras de varios municipios cobijan, casi siempre en condiciones precarias, a muchos de los miles de gitanos del Este que han llegado para huir de la pobreza, migración que aumentó desde que Rumanía y Bulgaria dieron sus primeros pasos hacia la Unión Europea.

Se les puede ver en las calles de Madrid, Barcelona, Valencia, Murcia, Sevilla o San Sebastián -también en Lugo- y, aunque muchos han conseguido asentarse, todavía son demasiados los que viven en naves industriales vacías, casas deshabitadas o en campamentos levantados mientras recorren el país como temporeros. También son obreros, se dedican a recoger chatarra y algunos a la mendicidad, por eso son más visibles que los inmigrantes de otras procedencias.

El 55 por ciento de los 21 millones de habitantes que tiene Rumanía vive en zonas rurales y una buena parte de esos se enfrentan a la falta de trabajo y a las penalidades de un sistema sanitario y educativo lleno de carencias, cuando no inexistente.

La mortalidad infantil -un dato clave para medir la calidad de vida en una comunidad- en la Rumanía rural era en 2008 de 14 niños por cada mil, unos seis puntos más que en las ciudades.

No andamos mucho más finos en España, que es el segundo país de la Unión Europea (UE) con el mayor índice de pobreza infantil, superado solo por Rumanía, según revela un informe de Cáritas sobre el impacto social de las medidas de austeridad aplicadas en los países más golpeados por la crisis.

Sí, Rumanía, tan lejos y tan cerca. Por un millón de razones.

No andamos mucho más finos en España, que es el segundo país de la Unión Europea (UE) con el mayor índice de pobreza infantil, superado solo por Rumanía

La primera vez que pisé este fascinante país, Bucarest lucía un blanco impoluto. La víspera había caído una de las nevadas más copiosas del invierno. La nieve se amontonaba en las aceras, tornándose con el paso de los días de un gris sucio a merced del trasiego de los miles de habitantes de una capital llena de parques, museos, librerías y cafeterías.

Durante la dictadura comunista al pueblo se le negó cualquier tipo de actividad de ocio como el cine o el teatro. Únicamente fue permitida la lectura. Para conseguir algún volumen había que aguardar colas interminables. La prohibición formó -a la fuerza- a un pueblo, sobro todo en los grandes burgos, aficionado a la lectura y a las artes. El excelso nivel cultural se palpa en las programaciones de diferentes centros y entidades o en cualquier parada de metro, donde las generaciones más jóvenes dominan varios idiomas para ayudar al viajero.

A pesar de los menos tantos grados del crudo invierno bucarestino, me aventuré cámara fotográfica en mano para retratar una ciudad llena de contrastes, donde los modernos y lujosos bulevares conviven con sus calles aledañas llenas de miseria, donde un enjambre de tiendas ofertan trajes nupciales para que las jóvenes -ávidas consumidoras de telenovelas suramericanas- cumplan su sueño español, que para eso queda más cerca en el mapa.

El barrio de Lipscani, centro neurálgico de la bohemia, está poblado de galerías, artistas callejeros, abuelas que venden sus manteles de ganchillo y un sinfín de ‘patisseries’ donde degustar los deliciosos ‘strudel cu mere’. En las discusiones veraniegas que tenemos, mi amigo Mihai se harta de subrayar que la gastronomía rumana -cruce de culturas y muy influenciada por los árabes- es más sofisticada que la gallega, con excelentes materias primas pero «donde botamos todo a cocer». Y yo claudico cada vez que visito el Nicoresti. Con todo, hablo de una gran capital, claro. Culta, dinámica y joven.

Mi segunda incursión rumana, esta vez a Transilvania, con visitas a hermosas ciudades como Brasov, Timisoara o Sighisoara, confirmó, no obstante, lo que yo había vivido en la gran ciudad: gentes amables, tranquilas y aún poco acostumbradas al fenómeno turístico. Y arte, mucho arte. En el pequeñísimo pueblo de Miklosvar hicimos noche y no faltó el plato nacional por el excelencia, una ‘ciorba’ (sopa): hay decenas de variedades. Si no fuese por los gansos en lugar de gallinas, podría ser Galicia. Viendo pasar las vacas, al atardecer, de regreso al establo. Adoro Rumanía. Casi que se nota.

Rumanía, tan lejos tan cerca
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