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Mazinger Z

Jimmy Wright. ARCHIVO
Jimmy Wright. ARCHIVO

EMPIEZO por anunciar que ayer no fui al partido. No esperen leer aquí nada de lo que sucedió ayer en el Pazo, más bien de lo que pasó por Lugo hace mucho tiempo. De recuerdos del pelo largo, que decían los Burning.

No fui porque no quise ver a Jimmy Wright convertido en un ser humano. En un señor como lo pueda ser usted o yo mismo. Castigado por el lado inmisericorde de la vida.

No quise porque tenía miedo de que me pasara como cuando siendo un adolescente vi un capítulo de Mazinger Z y se me cayó el alma al suelo ante semejante cutrez de dibujos animados. La infancia hay que respetarla. Como si se tratase de Las Vegas, lo que pasa en la niñez, queda en la niñez.

O como cuando siendo ya un adulto entré un día en el Pabellón Municipal. Lo que en mi cabeza era un universo entero limitado por cuatro paredes y un techo en forma de parábola se transformó en un pequeño y vulgar recinto deportivo. El lugar en el que yo había visto jugar a gigantes del tamaño de Mazinger Z había encogido y ayer no me apetecía que, viendo a Jimmy, se me encogiese el corazón.

El paso por este mundo sería mucho mejor si pudiésemos elegir los recuerdos, si existiese una papelera de reciclaje a la que mandar de una patada aquello que nos quita el sueño por la noche. El problema es que no siempre se puede. Pero alguna vez sí y hay que aprovecharla. Así que para mí Jimmy Wright va a ser toda la vida el gigante que reinaba en el universo del viejo Municipal.

De verdad que me cuesta explicar lo que Jimmy era para un niño del Lugo de mediados de los ochenta. ¿Un ídolo? Todos los jugadores de aquel Breogán lo eran, pero él era algo más. Bastaba con verlo caminar para saber que tenía algo especial. Si usted no lo vio pensará que exagero, pero déjeme que le cuente una cosa de la que seguro ya oyó hablar.

Por entonces, el Municipal se llenaba mucho antes de que empezase el partido. Un día, no importa cuál, el Breogán saltó a calentar sin Jimmy. El miedo invadió el pabellón. Sin él no había nada que hacer. Empezaron a correr rumores de todo tipo por la grada hasta que de repente, por el lugar por el que entraba la afición, apareció caminando sobre las aguas con su mochila al hombro y escuchando música por sus cascos.

El Municipal estalló de alegría. Estábamos salvados. Se cambió y jugó tan bien como siempre ante los ojos abiertos del niño que les habla. Ese será siempre Jimmy. Celebro que haya vuelto a Lugo, pero que me perdone por no haber ido a verle. Prefiero recordarlo tan grande como Mazinger Z.

Mazinger Z
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