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Es un sentimiento

MI PRIMER trabajo para la sección de Deportes de este diario fue cubrir un partido de baloncesto. Era domingo por la mañana y mayo de 1999, la combinación perfecta para que David Gil anotase dos tiros libres que llevasen al Breogán a la Liga ACB. Mi tarea era atender a lo que pasaba fuera de la pista, donde no apuntan los focos... alas sombras. Así que alcé el periscopio y me puse a buscar algo que contar.

El Pazo era una fiesta parecida a la que todo el mundo soñó el pasado domingo. Abrazos, cánticos, besos, alguna que otra lágrima... como una boda, pero con la novia vestida de celeste. El cuadro era precioso, colorido, pero algo monótono. Mirase donde mirase las escenas se repetían. Empezaba a sospechar que la crónica me iba quedar un poco empalagosa con tanta felicidad, que todo cansa. Hasta lo lindo. Pero de repente, en medio de la marabunta, vi a un señor de pelo blanco que le daba la espalda a la fiesta y se marchaba del Pazo. ¿Ostiá? ¿Pero ese no es Julio? ¿Adónde va? Y, claro, le seguí en busca de una sombra que contar.

Julio, era Julio Vila. Todo el mundo conocía a Julio por entonces. Era el presidente de la Peña Breogán, el encargado de animar el Pazo cuando se empezaba a escuchar el ruido que hacen las zapatillas de los jugadores de baloncesto al derrapar, el macho alfa del breoganismo. ¿Cómo podía abandonar la manada en ese momento?, con el Pazo degustando sus primeros tragos de ACB. Su destino era el aparcamiento, repleto de coches, pero vacío de vida, que latía a toda leche en el Pazo. Abrió el maletero, sacó un par de bombas de palenque y, mientras les prendía fuego, me dijo con cara de cascarrabias. "Bah, es que aquí no hay quien haga algo". Sonreí, esperé a que aquellos cohetes estallaran dando inicio a las fiestas del sagrado breoganismo y volvimos al Pazo mientras la gente empezaba a rellenar coches.

De nuevo caminábamos contracorriente, con una marea celeste feliz avanzando hacia nosotros. Todo el mundo le decía algo. "Julio, menuda alegría", "Julio, por fin en la ACB", "Julio, cuánto me alegro", "Julio, que maravilla ver así el Pazo"... Y Julio, a toda leche camino de la manada con su cara de "Bah, es que aquí no hay quien haga algo". Lo dejé a las puertas del Pazo cuando me paró un amigo que venía de una boda.

Julio murió hace unos años. Me dio la triste noticia mi médico de cabecera, otro buen breoganista. Por entonces yo estaba algo pachucho y lo visitaba mucho. Es tímido, así que no diré su nombre, pero sí que es muy bueno en medicina y mejor en todo lo demás. Todas las consultas empezaban igual, con una conversación sobre el Breogán. Que si hay que fichar a un pívot, que si tal entrenador no se entera, que este año podemos ascender... Yo me preguntaba por qué hacía aquello. Creo que me estaba curando el alma.

En 1999 no conté esta historia y no sé por qué lo hago ahora. Tal vez porque el otro día, con el Pazo a rebosar, recordé a Julio cuando sonó lo de "el Breogán es un sentimiento, que se lleva, se lleva muy adentro". Es escuchar ese cántico y acordarme de Julio aporreando el bombo. Espero que su familia y amigos no se molesten porque haya recurrido a él para esta crónica, pero es que necesitaba un argumento para poder contar que el Breogán se quedó a las puertas del ascenso, pero que el sentimiento del que hablaba Julio y que se lleva muy adentro se ha desbordado. Ya no cabe en el cuerpo. Está fuera, en la calle. Manchándolo todo de celeste.

Es un sentimiento
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