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Dejando las caretas a un lado

DECÍA DI STÉFANO que el verdadero derbi para el Real Madrid, el partido más importante del año, no es el que le enfrenta al Barcelona, sino el que juega con el Atlético. Pensaba don Alfredo en los aficionados blancos y los veía aguantando toda la semana las burlas de sus vecinos en caso de derrota. Y eso le hacía hervir la sangre.

No le faltaba razón. No hay rivalidad más grande que la se vive dentro de cada ciudad. Hay muchos ejemplos para ilustrar esta idea, pero por si alguien tiene alguna duda que le eche un ojo al relato de Roberto Fontanarrosa titulado ‘19 de diciembre de 1971’, en el que, aprovechando la disputa de un decisivo duelo entre Rosario Central y Newell’s Old Boys, el autor explica cómo funciona la mente de un aficionado cara a cara con un derbi. De verdad, léanlo.

En Lugo no tenemos la suerte, o la desgracia, según se mire, de contar con derbis en el deporte de élite. Aunque hubo algo parecido hace años, cuando en la División de Honor de fútbol sala coincidieron el Azkar Lugo y el Barcel Euro de A Pobra de San Xiao. Fue un episodio pasajero, pero saltaron chispas, sobre todo a nivel de palco. «A ver dónde estamos unos y otros dentro de cinco años», disparó Manuel Vázquez tras un duelo entre ambos.

En el mensaje del mandamás del Prone había un dardo destinado a los que llevaban las riendas del Barcel Euro, sobre todo a su presidente, José Manuel Vázquez Fírvida, ‘Firvi’, que desde que salió del Prone se le metió entre ceja y ceja verse cara a cara con él en División de Honor. Y así fue, cogió el Muebles Caloto y en tiempo récord, con José Venancio López en el banquillo, se plantó en la máxima categoría. Y sí, Manuel Vázquez acertó con su predicción, a los poco años el Barcel Euro era historia, aunque ahora mismo su Prone tampoco pasa por el mejor momento.

En esto de las subvenciones a los clubes siempre pasa lo mismo: el vecino siempre es el que más recibe

Lugo es, en ese sentido, una ciudad tranquila. No existe una rivalidad feroz entre dos clubes que cada año escriban una página más de su enconada historia, pero dejando las caretas a un lado, sí se respira en ocasiones un ambiente un tanto crispado entre clubes de diferentes mundos, con distintas pelotas de por medio.

A nivel de calle es difícil encontrar a un aficionado del Lugo que no pueda ver delante al Breogán, o a uno del Akzar que odie al Lugo, o a uno del Ensino que le repatee ver la camiseta del Breogán, pero siempre que no se rasque, claro. Si es escarba algo aparece, aunque no como para echarse las manos a la cabeza.

Algo parecido sucede a nivel de directivas. El comportamiento de cara a la opinión pública es ejemplar. Ni rebuscando en las hemerotecas se encuentran declaraciones de guerra ni asaltos entre trincheras, pero los desencuentros existen y de fondo aparece casi siempre el mismo protagonista: el parné, la pasta, el ingrediente fundamental para cocinar un equipo competitivo.

Dejando a un lado la inyección económica de los patrocinadores -por los que hasta se puede llegar a pelear-, los clubes viven en parte gracias a las subvenciones que reciben de las distintas instituciones. Ese dinero es el origen de discusiones que van desde el bar de la esquina hasta los despachos más enmoquetados. En eso es imposible ponerse de acuerdo. El vecino siempre es el que más recibe y uno ingresa cada año menos de lo que merece. Para muchos ‘guerrilleros’, durante muchos años la culpa de que el Lugo marchase mal la tenía la Diputación, porque se gastaba todo su dinero en el Breogán, y si en la ciudad no había ACB era porque el Concello solo tenía ojos para el Prone. Y mientras, el deporte de base lloraba porque nadie se fijaba en él.

Hacer cambiar de opinión a un forofo en este tema es tan fácil como encontrar a un culé defendiendo que aquella entrada de Pepe sobre Dani Alves en las semifinales de Liga de Campeones de la temporada 2010-2011 no merecía la expulsión, o a un madridista argumentando que la roja que mostró el árbitro era justa. Es mejor gastar energía en otra cosa.

La relación entre los clubes lucenses y sus aficiones, como se dice por aquí, no tiene duda ninguna, pero esta ciudad se ha encontrado con dos acontecimientos que amenazan con enquistarse y con los que difícilmente alguien saldrá ganando. Ambos tienen aroma de guerra civil, uno en el CD Lugo, con su afición dividida en dos bandos, y otro entre los dos clubes de baloncesto masculino más importantes, el Breogán y el Estudiantes.

Cuando Manu anotó aquel histórico penalti en Cádiz condenó al Lugo -porque el proceso se está convirtiendo precisamente en eso, en una condena- a la conversión en Sociedad Anónima Deportiva, un farragoso camino que ahora mismo parece cerca de su final y que tiene a los seguidores rojiblancos, a muchos de ellos, divididos entre los pro Tino Saqués y los pro Gerard López.

Y mientras, la afición del Lugo, que vive el mejor momento de su historia, partida por la mitad. Menos mal que el club, desde el presidente hasta la plantilla, ha dado un ejemplo de profesionalidad en el último mes

Quienes abogan por el empresario afincado en Luxemburgo defienden la continuidad de la actual junta directiva, pues el dueño de la escudería Lotus apenas tocaría nada en el organigrama del club. Quienes prefieren que el equipo rojiblanco pase a manos del empresario con sede en O Ceao son conscientes de que el actual Lugo pasará a la historia, dando paso a otro que puede ser mejor, parecido o peor. Igual está claro que no.

¿O no? Resulta que Tino Saqués rompió su silencio el pasado jueves para insistir en que, si finalmente se hace con las riendas del club, le gustaría contar con algunas de las piezas del tablero, y no solo con peones. Apostaría por la continuidad de José Bouso y Quique Setién, por ejemplo, pero vería más complicada la de Carlos Mouriz, con quien admite diferencias importantes, aunque no la descarta al cien por cien.

Y mientras, la afición del Lugo, que vive el mejor momento de su historia, partida por la mitad. Menos mal que el club, desde el presidente hasta la plantilla, ha dado un ejemplo de profesionalidad en el último mes y ha superado una complicada situación en la tabla, porque si a esta batalla por las acciones se sumase un equipo en zona de descenso, lo que empezó con aquel penalti de Manu podría acabar en desastre absoluto.

No un desastre, pero sí una pena es la situación que este año se vive entre el Breogán y el Estudiantes. Después de muchos años el lazo de unión entre ambos se rompió y, sin meterse a discutir desde qué lado de la cuerda se tiró más fuerte, lo cierto es que nadie sale ganando. El Estudiantes, un club de formación, ya no desemboca en el Breogán. Y este echa de menos a los chavales para ayudar en los entrenamientos y completar convocatorias.

Ahora, en estas últimas líneas, quedaría muy bien un llamamiento a que los seguidores del Lugo aúnen esfuerzos por el bien del club, a que el Breogán y el Estudiantes arreglen lo suyo en una cena con velitas y a que los aficionados de los distintos equipos aúnen sus fuerzas para el beneficio de la ciudad. Pero esto es deporte y el deporte vive del conflicto. Mientras el problema sea que alguien se pone una careta de vez en cuando, todo va bien.

Dejando las caretas a un lado
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