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Suspicacias

AL AMPARO del Estado de derecho, y con cobijo de la cacareada independencia judicial, no cabe dudar de la rectitud del Tribunal Supremo cuando deba pronunciarse sobre el caso Dina, tras la embestida antidemocrática y la verborrea envenenada de Pablo Iglesias, remarcando cuál ha de ser la determinación del alto tribunal a la hora de considerar su implicación, avanzada por el magistrado García Castellón, de la Audiencia Nacional, exculpándose de tres supuestos delitos. Pero a la opinión pública, con razón o sin ella, no se la enmudece, y está en su derecho de pronunciarse. Si el Supremo exonera al vicepresidente segundo del Gobierno, con razón o sin ella, no esquivará la suspicacia de que se pliega a la presión y a lo que manda el dirigente podemita, lo que le permitiría seguir en el Gobierno de coalición, descartado si la imputación se produce. Siendo al revés, podría tildarse su resolución de rencorosa. Complicado. En otro plano, lo mismo revolotea sobre lo que acuerde la Fiscalía. Si es contraria a la imputación, se achacará a la infantiloide boutade de Sánchez, cuando afirmó que los fiscales estaban a sus órdenes. Y a él le va tanto como a Iglesias para evitar el desplome monclovita. Todo por jugar alegremente con pólvora.

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