Opinión

Suso y su Foz

POCO puede agregarse a la semblanza de Suso Fernández que no se haya dicho, aunque lo referido sea insuficiente para definirlo en su justa dimensión. Su huella, la que dejó Suso do Bahía especialmente en Foz, será imperecedera, y su vacío imposible de llenar, aun cuando ya se hizo notar durante su indisposición, privándole de su habitual presencia en la calle y en su querida librería. Su don de gentes, su personalidad, su sapiencia, sus libros y la bonhomía de su trato, eran suficiente para que no pasase desapercibido en sus comparecencias. Allí, fuese donde fuese, estaba Suso de Foz, su mejor credencial. Lo recuerdo en sus frecuentes visitas a El Progreso, del que fue corresponsal muchos años, y en el que siguió colaborando con sus artículos, cargados de amenidad y erudición; lo recuerdo como revulsivo del ánimo, por cómo transmitía su alegría y su entusiasmo. Solo una vez lo vi muy triste, desolado, incapaz de contener las lágrimas, recordando el fallecimiento repentino de Cristal, su hija menor. Una muerte que le marcó de por vida. Como cronista oficial, Hijo Predilecto, empresario y comerciante, como animador cultural en diferentes facetas, Foz le debe mucho a Suso, y si aún no está decidido, bien se merece que una de sus calles.

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