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LA AYUDA prestada por España a los inmigrantes del Aquarius ha sido sin duda un gesto obligado, y más tras la desatención inhumana de otros gobiernos, mirando para otro lado, dejando tirada a tan pobre gente. Pero enmarañada entre la parafernalia chispea una pretensión de propaganda política que supera con creces la finalidad humanitaria, sin que resuelva la duda de cómo va a solventarse el incierto futuro de los acogidos. Por mucho boato gestual que se quiera transmitir al personal, el problema de la inmigración descontrolada no se despacha con el patriótico arbitraje de España, sino que hace falta la contribución de todos los países implicados en encauzar la intrusión, forzada por la miseria y las privaciones que sufren en sus países de origen. Acoger inmigrantes para hacinarlos o no atenderlos, no es la solución que requiere algo tan serio. Y el efecto llamada está ahí. No solo llegan los del Aquarius, sino que lo hacen otros miles de desheredados, sin focos ni aplausos, buscando desesperadamente la estabilidad de sus vidas, aun sabiendo que no llegará. Por eso que el proselitismo de un Gobierno que busca impresionar más que resolver, no es suficiente.

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