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Pere Sánchez

CUANDO AZNAR, con Bush en su rancho, posó los pies sobre la mesita de centro, escenificando camaradería, o cuando juró que hablaba catalán en la intimidad, por no contrariar a Pujol, nadie sospechaba que se mejorase la bajeza. Error. La rendición de Sánchez a Torra rompe toda degradación. Dicen, de coña o en serio, que incluso medita tocar fondo con la humillación trocando Pedro por Pere. Pero la bajeza, refrendada por Carmen Calvo, rompe todos los moldes de la dignidad. Si sus incursiones son siempre infantiloides, la última reviste una gravedad extrema al disculpar a Torra en su amenaza de atacar al Estado, con el pretexto de que era solo "una frase"; que solo fueron declaraciones. Si torra tuviese tanques, habría más que palabras. Una provocación clara y directa contra el Estado de derecho requiere contundencia. La amenaza es delito cuando una persona anuncia a otra un mal que lo constituya, como es sin duda el caso. Pero al margen de responsabilidades penales a que hubiese lugar, un Gobierno nunca puede ignorar políticamente tal hostilidad, salvo que esté formado por un atajo de irresponsables, que andan a lo que andan.

Pere Sánchez
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