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Muchos charcos

SEA O no así, la sensación que uno tiene de su correría es esa. Alberto Garzón es un ministro consciente de sus limitaciones políticas, no tanto de su audacia desbocada en el ejercicio de un cargo que se le adjudicó de carambola, por imperativo de conveniencia y proyección temeraria, sustentada en una atrevida encomienda que no pasa de lo que suele ser una devaluada dirección general. Pero no es el más culpable; sí lo es quien lo atornilla en el cargo. Está, eso sí, dotado de una fina habilidad que le permite recrearse en sus desplantes, de charco en charco, para que hablen de él, aunque no sea bien. Pero asumida su imprudente gestión consumista, no parece que se evidencie el verdadero peligro de su proceder, desafiando situaciones que encienden, y de qué manera, a los afectados, como lo son ahora los ganaderos, tras criticar la mala calidad de la carne española, como hizo antes con el chuletón, que tanto gusta a su jefe. Pero Sánchez, pillado y acorralado, no hace sino silenciar sus desvaríos. Que el Gobierno desautorice sus deslices carece de fuerza expeditiva; es más, realza lo que él persigue, asumiendo la contra gubernamental a su gusto, modo y manera para marcar diferencias, que considera ventajosas para su inconsistente rebeldía. Acabará siendo entronizado. Ya lo verán.

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