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Menores

LA SOLLOZANTE imagen de un niño, después de que un juez otorgase la patria potestad al padre, queriendo él vivir con su madre como venía haciendo, revela lo inhumana y cuadriculada que es la Justicia al abordar casos tan broncos y peliagudos, en los que se impone por ley y por narices la desgracia de una persona incapacitada para decidir. ¿Es que ser menor de edad cierra cualquier posibilidad de obtener la mejor solución, solo porque se le antoje a un tercero insensible al daño ajeno? Alguien puede argüir que el juez para eso está, y que razones jurídicas habrá para que se aplique su ley, incluso siendo verdad que el niño nunca se merece el mal trato que recibe de su padre o de su madre, y que el magistrado lo perciba, sin tener para nada en cuenta cual es su deseo. Nadie piensa que siempre puede ser mucho peor el remedio que la enfermedad, ni que el primer afectado por las desavenencias de la pareja siempre es el hijo, y que como tal víctima merece que se respete su opinión. O por lo menos que se le consulte antes de aplicar el rodillo justiciero como si fuese una cosa inanimada y no una persona. Nada resuelve su llanto ni su pataleo.

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