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Lloreras de braguetazo

HAY que ser zafio y muy insensible para no entender la irrefrenable llorera de Pablo Iglesias nada más saber que el tiro (investidura) no había salido por la culata, como pudiera haber ocurrido. Lágrimas y sollozos brotados del braguetazo, al apuntalar su viejo y enfermizo antojo de trepar (conyugalmente) hasta el Consejo de Ministros, estando a un tris de pasársele el arroz y tras superar el endemoniado amago de confinamiento en la dacha/casoplón de Galapagar, como querían Errejones, Monederos, Bescansas y demás moscas cojoneras. Y para mayor mérito, acribillado a estrujones y arrumacos por su peor enemigo, ahora compinche y teórico jefe de conveniencia. Excelente actor, como lo es Sánchez, que optó por su usual cara de piedra y no exteriorizarlo con tan pomposo frenesí, siendo como era el momento propicio al corte de mangas tras conjurar, como Iglesias, un rosario de argucias y enredos. Sacó pecho de su pertinacia en el último lance, que de no superarlo hubiera supuesto el pase a la selecta cofradía de proscritos. Ahora habrá de enfrentarse a tempestades y tornados, pero al menos dormirá (¿o no?) en Moncloa hasta que el dorado retiro tenga a bien apearlo, que en realidad es el porqué de la estrategia, sin más miramientos.

Lloreras de braguetazo