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Iker, cabreado

IKER Casillas, tan impasible, moderado y sereno, lo sacaron de sus ídem cuando unos sagaces y pesadillos reporteros le asaltaron e importunaron en su pueblo abulense de Navalacruz, de unos doscientos habitantes, donde disfruta de sus tranquilas vacaciones. O eso quisiera. El ex guardameta internacional les previno de que no iba a contestar a ninguna pregunta y menos a las malsanas sobre Sara Carbonero, exigiendo que lo dejasen tranquilo. Ni puñetero caso y dale que te pego. Hasta que Iker se cabreó. Y con razón, porque si bien es verdad que los famosos han de pagar un peaje por su popularidad, depende de cuál sea y cómo sea el grado de implantación del famoseo. Casillas, cierto, es un personaje público, pero no participa en los saraos de telebasura ni en otras trivialidades por el estilo, y tiene derecho a que no le molesten con inoportunas barrabasadas, como a cualquier otro en situación o parecida. Los que viven de vender sus intimidades y vergüenzas necesitan insultar y que se les insulte para que no decaiga ni la atención ni el filón. Los demás, no. Puede que alguien invoque el derecho a la libertad de expresión, pero todas las personas, salvo las que renuncien expresamente a ello, tienen derecho a que se respete su intimidad, y algunos no acaban de entenderlo.

Iker, cabreado