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Gabo y las comas

Quienes saboreamos Cien años de soledad, también advertimos el ingente esfuerzo de Gabriel García Márquez para pergeñar, en catorce meses y en su casa de México, su obra más reconocida, un clásico universal. El Nobel colombiano nunca ocultó sus aprietos narrativos ni sus porfías gramaticales: "Simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros", reivindicó. O "jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna, enterrando las haches rupestres; firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver", interpeló en el primer congreso de la lengua española en Zacatecas en1997. En un ensayo de la universidad de Columbia, el sociólogo canario Santana-Acuña refiere precisamente que cuando el escritor mexicano Emmanuel Carballo leyó las primeras versiones de Cien años de soledad, le dijo a su amigo: "¡Dios mío, Gabo, nadie puede entender esto!", considerando que la respiración del lector era difícil, por lo que se ofreció a ponerle bien las comas, como así fue. De hecho, el manuscrito final contiene doscientos cincuenta cambios de puntuación.

Gabo y las comas
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