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El caballo

NO debería ocurrir, pero hay veces que la ambigüedad no permite resolver con claridad la propiedad de los regalos u obsequios que reciben los gobernantes, sobre todo en sus visitas al extranjero. Si se trata de un par de jamones, se zanja consumiéndolos el receptor, pero si la propina es un Jaguar, ¿pertenece a la privacidad de la persona o al cargo que representa? En el segundo supuesto, es un bien que ha de depositarse en el Patrimonio Nacional. El caso se complica si es, por ejemplo, un semoviente que requiere atenciones y cuidados, que es lo que sucede con el famoso caballo que Gadafi regaló, con una montura bordada en plata, a José María Aznar durante la visita que el entonces presidente español realizó a Tripoli. Ahora, está el pobre al cuidado, dicen, de un escuadrón de caballería de la Guardia Civil, sin designio preciso. O sea, una atención trocada en inconveniente. Como Aznar no se lo quedó (otros quizá lo harían), mejor hubiese sido atender la petición de Jesús Gil, a la sazón alcalde de Marbella y presidente del Atlético de Madrid, ofreciéndose a cuidarlo, junto a Imperioso, o adquiriéndolo como semental. Ni una cosa ni otra, y ahí sigue el corcel, asqueado y en cualquier caso sostenido por cuenta del erario, a la espera de no se sabe qué.

El caballo
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