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Drama rural

HABIENDO SIDO testigos de la concentración poblacional del campo, del auge de gente en nuestras aldeas hace cuarenta o cincuenta años, conmueve observar la decadencia y el deterioro del hábitat rural. Como constató este periódico, en cada una de casi quinientas aldeas de la provincia vive una sola persona, y en más de setecientas, ninguna, hasta el punto de cada quince días se pierde un núcleo de población.

La vida bucólica, en el entorno campestre, tiene ventajas si quienes lo aprovechan disponen de servicios y atenciones, aunque sean mínimas, pero no el caso en las áreas de desertización, lo que hace que la perspectiva de supervivencia sea extrema. Quienes resisten es porque no tienen otra opción.

¿Huye la gente de las aldeas por no existir servicios (sanitarios, educativos, comerciales, recreativos..), sin viabilidad de subsistencia, o son carencias por no haber vida? Quizá por ambas cosas, pero lo que es evidente es que el mayor motivo de fuga viene dado por el abandono de la Administración, desentendida de escaseces, ajena a penurias y sin resortes que frenen la sangría; un cúmulo de desventajas que auspician el drama

Drama rural
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