Opinión

Dadivoso Legaspi

LA NOCHE/MADRUGADA del 26 de octubre de 1980, hace 42 años, fue intensa, de mucho aguante y demasiado agobio para los periodistas que cubrimos la caótica información. Ángel Legaspi, en un brusco golpe de suerte, había acertado una quiniela simple, de 40 pesetas de gasto y 208 millones de premio, cifra brutal de la época. Nos citamos en el domicilio del director de un banco a la espera de que Ángel fuese liberado por José María García, que al saber de nuestro cabreo por el inoportuno secuestro, nos obsequió con el improperio de ‘juntaletras’, muy en su estilo de soberbia y prepotencia.

Lo cierto es que vimos al nuevo rico, más que feliz, desbordado, desorientado, confuso por lo que le había caído encima, y aunque fue el arranque de una nueva vida de lujo, excesos y fama, la sensación es que el sesgo rebasó su capacidad racional de asumirlo. No sabía qué hacer con tanto dinero, algo comprensible. Solo pensar que los intereses bancarios le aportaban una renta mensual de tres millones de pesetas, es suficiente como para flipar y volverse tarumba. Solo así se entienden algunas de sus reacciones, como cuando se personó en la Redacción de El Progreso para distribuir billetes por las mesas de los redactores. Costó disuadirle y lograr que asumiese el delirio. Descanse en paz.

Comentarios