Opinión

Banca decadente

Pudiera parecer un problema menor y no lo es. Y sin fácil solución, al coincidir una gestión comercial menos lucrativa de lo deseado, por escasez de clientes, y lo que se entiende como servicio público, al margen cualquier contingencia. La desaparición de las oficinas bancarias rurales es una realidad que se va ensanchando, y su sustitución por cajeros para retirar dinero y algunas otras operaciones menores, en el mejor de los casos, no satisface las necesidades de los usuarios, habituados a hacer gestiones y resolver dudas ante los empleados de su oficina. Un caso es, por ejemplo, el de Samos, paso obligado de peregrinos a Compostela, donde cerraron las dos entidades que daban servicio a una amplia zona entre Sarria y Triacastela, aquí con un despacho que abre dos días a la semana. Abanca instaló un cajero y Correos otro, el primero automático de la provincia, pero no es lo adecuado. Ahora, como recogió este periódico, la indignación se traslada a Ribas de Sil, donde el Santander cerró su sede en San Clodio y también el cajero asociado, quedando la alternativa de Quiroga, a diez kilómetros. Los concellos protestan pero poco pueden resolver, entre otras cosas porque las entidades bancarias no contemplan servicios públicos que no sean rentables. La pela es la pela y lo demás es cuento.

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