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Tres versiones de Santiago

Aquel primer Santiago que descubrí durante la universidad era un Santiago ancestral, solemne. Hecho de piedra y de tiempo 

SANTIAGO DE COMPOSTELA es una ciudad viva y cambiante. Como esos paisajes desérticos que varían por la acción del viento y su contorno va transformándose en otro muy poco a poco. Santiago está tan vivo como un desierto. Una tarde cualquiera, sentado en un banco de la alameda, levantas la vista del libro, observas la catedral a lo lejos, y Santiago, antes de que hayas podido fijarte, ya ha vuelto a cambiar.

Desde que me mudé por primera vez allí, hace casi dieciocho años, he conocido tres Santiagos distintos. aquel primer Santiago que descubrí durante la universidad era un Santiago ancestral, solemne. Hecho de piedra y de tiempo. Lleno de sombras antiguas que se perdían durante la noche entre sus callejuelas, siempre teñidas de la luz melancólica y amarilla de algún farol solitario.

Sin embargo, a pesar de aquella formidable gravedad, también era un Santiago inquieto, repleto de vivencias desconocidas y experiencias vibrantes. Un Santiago que descubría nuevas rutinas, nuevas ocupaciones, nuevas e interesantes compañías. Había en él algo tradicional y moderno al mismo al tiempo. Lo había en sus mañanas ociosas, que nunca empezaban ni terminaban a la misma hora y cada una de ellas sucedía a la anterior como si llevasen siendo las mismas mañanas desde siempre pero todas ellas fuesen diferentes. Lo había en sus tardes de sobremesa larga y de sopor, que transcurrían en horizontal en algún rincón anárquico. Y lo había en sus noches infinitas, que te sorprendían siempre con una taza de vino en la mano y te abandonaban muchas horas después, en la intimidad de alguna habitación tan ajena como atrevida.


Mucho después de haber dejado Santiago, y de mudarme a Ourense y a Lugo, la vida me llevó a él otra vez


Aquel Santiago que conocí en primer lugar era un Santiago genuino. No necesitaba venderse ni ofrecerse a nadie. Su propio encanto centenario bastaba para encandilar a quien fuese. Pero las cosas fueron cambiando con los años y aquella autenticidad terminó menguando hasta estar a punto de desaparecer. Lo comprendí cuando, mucho tiempo después de haber dejado Santiago, después de mudarme a ourense y a Lugo, la vida me llevó a él otra vez.

Descubrí entonces un Santiago acomplejado. Un Santiago que se creía menos que otros. Acaso menos que sí mismo. Menos de lo que en otro tiempo había sido. No se daba cuenta, de tan obsesionado que estaba, que era exactamente el mismo.

Ese segundo Santiago era una ciudad que a veces parecía sentir vergüenza en lugares donde hasta entonces siempre había sentido orgullo. En su historia. En su pasado reciente. En su propia naturaleza. Era una ciudad atrapada entre dos mundos y no terminaba de encajar en ninguno de los dos. Conservaba rasgos de aquel otro Santiago verdadero que había conocido años atrás, pero a la vez quería deshacerse de ellos y parecerse a otro tipo de ciudad. De repente quería ser más moderna. Más turística. Era un Santiago de aceros y vidrios y halógenos donde antes había tejas y piedra y tazas para el vino. Un Santiago que había desterrado lo autóctono para abrazar a la fuerza lo de fuera. Un Santiago a veces ridículo. Hortera. Que se pasaba las mañanas y las tardes y las noches intentando hacer ver lo que no era. Llegué a sentir lástima por aquel segundo Santiago que había canjeado su concepto de tasca y tapería por el de lounge club.

Pero estos días pasados me he reconciliado con él. o al menos, con un tercer Santiago que nada tiene que ver con los dos anteriores. He estado hospedado allí una semana y me he encontrado con un Santiago que desconocía. Un Santiago más maduro. Que mira menos hacia fuera y más hacia sí mismo. En el que lo tradicional y lo moderno conviven tranquilamente y con buen gusto. Un Santiago más familiar, en el que de repente, detrás de las casas y los bares, han parecido jardines que hasta ahora estaban ocultos. Y se han llenado de padres y de niños y de pandillas de amigos de treinta a cincuenta años que no se dejaban ver en el primer Santiago ni en el segundo. He conocido un Santiago menos inquieto, menos vibrante. Un Santiago, en definitiva, menos joven, pero mucho más interesante.

A lo largo de mi vida he conocido tres versiones de Santiago de Compostela. Es posible, ahora que las contemplo desde la distancia, que en realidad lo que haya conocido sean solamente tres versiones de mí. Me pregunto cómo será la cuarta. tal vez, con un poco de suerte, la descubra viviendo en Santiago.

Tres versiones de Santiago
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