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De escultura en escultura

La elección de una obra artística para ser colocada en un espacio público entraña una gran responsabilidad  
 

Se considera arte público, en general, el que puede verse en espacios públicos y de acceso libre, en particular toda manifestación artística que se desarrolla o está ubicada en las calles y plazas de nuestras ciudades. Parece sencillo pero no lo es tanto. Porque cada vez cuesta más establecer límites entre lo público y lo privado y porque la ciudad, en cuanto al lugar donde se concentra y organiza la población, es un complejo contexto sociopolítico con actividad económica, comercial e industrial, pero también un espacio compartido para la cultura, la comunicación o la educación. 

Las posibilidades para el arte en la ciudad son diversas: monumentos, esculturas, relieves, murales, instalaciones, iniciativas de arte urbano y callejero... Pero, sin duda, la expresión artística elegida con más frecuencia para elaborar proyectos de arte público es la escultura.
No deberíamos despreciar la importancia de la escultura urbana bien entendida y los beneficios que supone para la población. Cualquier intervención artística en un lugar público modifica el espacio. Así ocurre cuando se instalan esculturas en una ciudad. Las piezas escultóricas pasan a ser elementos singulares del paisaje urbano y requieren, por lo tanto, articularse con el resto de los componentes que lo configuran (las calles, las plazas, el mobiliario urbano, los espacios verdes, la arquitectura…). No se trata de colocar cualquier cosa en cualquier sitio. ¿Sirve que solo cumplan una función decorativa, anecdótica en ocasiones, y que carezcan de otros significados y valores? ¿Es esto suficiente? ¿Nos podemos permitir ese lujo?

El arte público es complejo. En ciudades de todo el mundo tenemos ejemplos de grandes aciertos y muchos grandes errores

La decisión de colocar una escultura y qué escultura colocar en un lugar determinado de la ciudad no ha de ser fácil. Precisa, como poco, información, reflexión, consenso y sensibilidad, mucha sensibilidad. 
Las esculturas públicas bien entendidas humanizan las ciudades, regeneran el tejido urbano y causan en la población más efecto del que suponemos. Son piezas que se instalan con la intención obvia de que permanezcan a lo largo del tiempo, no debería valer todo. Además, no lo olvidemos, son intervenciones que habitualmente necesitan elevadas inversiones públicas de las administraciones locales. 

El arte público es complejo. En ciudades de todo el mundo tenemos ejemplos de grandes aciertos y muchos grandes errores. 
La pieza artística necesita un tiempo de adaptación desde que se proyecta y se instala hasta que se integra plenamente en el lugar, se acomoda a él y/o lo transforma. Quienes habitamos las ciudades, quienes las utilizamos y nos desplazamos en ellas, somos quienes juzgamos, a veces de forma involuntaria, las esculturas de nuestro entorno. ¿De cuántas esculturas de nuestras ciudades somos conscientes? ¿Cuántas contemplamos y a cuántas dedicamos un tiempo de observación? ¿Cuántas recordamos? y, sobre todo, ¿cuántas apreciamos?

 En ciudades con centros históricos bien definidos y con monumentos emblemáticos, como es el caso de Lugo, debería hilarse fino

Solo con el tiempo vamos viendo si cumplen con su papel transformador y sensibilizador y contribuyen, en definitiva, a mejorar la vida en las ciudades.

Los barrios de nuevo trazado, con nuevas plazas y nuevos parques, facilitan en gran medida la instalación de obras artísticas. Glorietas y rotondas reúnen los requisitos. Sin duda la proliferación de rotondas dio una nueva posibilidad para el arte público. ¿Qué mejor lugar? La rotonda permite contemplar la escultura en su totalidad, porque puede ser circunvalada, pero es imprescindible que la pieza reúna características específicas respecto a su tamaño, que sí importa, su volumen o su acabado.

 En ciudades con centros históricos bien definidos y con monumentos emblemáticos, como es el caso de Lugo, debería hilarse fino.
Una escultura pública implica un complejo trabajo de producción artística. Precisa proyecto, bocetos, pruebas de materiales, estudio de las proporciones, maquetas… y debe tener muy en cuenta el espacio y los elementos del entorno. Necesita la intervención y colaboración de varios profesionales de distintos ámbitos que trabajen supervisados por el propio artista para dar forma a su diseño. 
Sin duda contamos con artistas para asumir la complejidad de un proyecto escultórico urbano. No hace falta ir muy lejos. Artistas con obras y trayectorias artísticas bien reconocidas, capaces de acometer la tarea con talento, creatividad, originalidad y solvencia. Autores y autoras que sobrepasen la mera función representativa de la escultura para conseguir expresarse. 

Cada etapa histórica quiere elogiar, recordar y perpetuar a sus personajes destacados

A día de hoy, entre las distintas tipologías de esculturas públicas continúan predominando las piezas artísticas que rinden homenaje y son reconocimiento a personas o conmemoran hechos puntuales. Se inscriben en la denominada cultura del recuerdo. 

Cada etapa histórica quiere elogiar, recordar y perpetuar a sus personajes destacados. Algunas de las piezas que los evocan, con el tiempo, han tenido que ser reconsideradas y retiradas. Es importante hacerlo, pero más importante debería ser sopesar bien la conveniencia o no de dedicar una escultura pública, un monumento, a un personaje determinado. Busquemos en el ámbito de la cultura, las humanidades, la ciencia, la literatura… y obviemos el político. Nos evitaremos gastos y disgustos.

En cuanto al aspecto artístico, en nuestras pequeñas ciudades, como Lugo, continúa predominando la representación figurativa y realista tradicional que busca, en esencia, el parecido físico con el personaje a representar. Pero se siguen repitiendo modelos trasnochados, decimonónicos. 

A veces la originalidad, un elemento fundamental del arte, cede su sitio al mimetismo y en distintas ciudades, Lugo entre ellas, vemos las mismas esculturas, porque siguen las mismas fórmulas o son de los mismos autores. Se sigue valorando más lo que parece tener más trabajo de elaboración técnica que lo aparentemente sencillo. Apenas se instalan piezas realizadas con otros lenguajes plásticos actuales que amplían las posibilidades para la representación. Rara vez se opta por obras conceptuales o simbólicas. Rara vez se echa mano de la abstracción. Y rara vez se le saca partido a los realismos. 

En el amplio repertorio iconográfico se evidencia cierto fervor escultórico-temático propiciado sin duda por la celebración y el éxito del Arde Lucus

El conjunto de esculturas dispersas por la ciudad de Lugo es numeroso y heterogéneo. Cuenta con piezas más o menos ligadas a la arquitectura, entre ellas las figuras religiosas de la fachada de la catedral, de la iglesia de San Froilán o de la Puerta de Santiago de la Muralla romana, y con piezas exentas, entre las que predominan las cabezas y bustos de significados personajes y abundan las figuras de cuerpo entero a escala humana, a pie de calle. Algunas son monumentales, otras insignificantes. 

En el amplio repertorio iconográfico también se evidencia cierto fervor escultórico-temático propiciado sin duda por la celebración y el éxito del Arde Lucus. En este apartado tenemos variedad y cantidad. 
Además de las esculturas, la ciudad acoge elementos conmemorativos de diversa tipología dispersos por calles, plazas y jardines: placas, monolitos, relieves…

Respecto a los materiales utilizados para elaborar estas piezas escultóricas vemos que predominan el bronce, la piedra, sobre todo el granito, el hormigón y distintos tipos de acero. Muchas de ellas combinan varios materiales y en unas pocas, las que forman parte de fuentes o estanques, el agua también tiene protagonismo.
No es fácil prever qué relación se establecerá entre el público y las esculturas. Con unas se establecen rápidamente lazos afectivos. Es frecuente cuando son homenaje a personajes populares. Otras marcan distancia. Las hay que pasan desapercibidas, se vuelven invisibles, apenas nos damos cuenta de su presencia, mientras que otras se convierten en el lugar imprescindible para el selfie de rigor al visitar la población y acaban por ser verdaderos iconos. 

Unas desaparecen víctimas de elementos urbanos de más presencia, otras se apropian del espacio y eclipsan todo lo demás. La Medusa del escultor sarriano José Díaz Fuentes nos sirve de ejemplo. La pieza, valoraciones artísticas aparte, identifica plenamente un lugar y da nombre a la zona en la que se ubica. 
Pero lo cierto es que muchas son poco conocidas y, ya se sabe, lo que no se conoce bien no suele valorarse. De ahí la importancia de preservar (conservación, limpieza, mantenimiento, iluminación...), documentar, preocuparse por mantener los valores artísticos y conceptuales de las obras y respetar su autoría.

En el siglo XXI quizás convenga repensar con sosiego la relación del arte y la ciudad y sobre todo poner en valor lo ya existente

Conviene inventariar, clasificar, fotografiar, ordenar los datos sobre autores y autoras, títulos, dimensiones, materiales empleados, ubicación, fechas de instalación, de inauguración y también, por supuesto, el coste. Estaría bien elaborar páginas web, publicar catálogos y diseñar rutas escultóricas por la ciudad para aproximarse a las piezas, a sus creadores, a los personajes representados y a los hechos conmemorados, incluso a las circunstancias particulares de cada una de ellas. Todo favorecería su puesta en valor.

A la escultura urbana sin duda se le exige demasiado. Una vez instalada será juzgada sin compasión por públicos diversos. Tendrá espectadores involuntarios, generará polémica, causará aceptación o rechazo. Probablemente solo el tiempo consiga dar un veredicto.  

El siglo XIX concedió a la dimensión pública de la creación artística un valor supremo. El siglo XX normalizó de alguna manera la proliferación de esculturas en los espacios urbanos. En el siglo XXI quizás convenga desacelerar el proceso y repensar con sosiego la relación del arte y la ciudad y sobre todo poner en valor lo ya existente.

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