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Virtud y mérito

Me faltan algunos años, no muchos y espero llegar, para emplear la calificación de Peñafiel a alguno de los últimos adjudicatarios de las medallas de la Gran Cruz de la Orden de Carlos III. Hablo de las que concedió Pedro Sánchez y firmó Felipe VI. ¿Faltón, el director del Hola verdadero? No lo sé. A la vista de cómo va el lenguaje de los políticos, tampoco desentona. Pero hagamos una concesión a la anglofilia: la cortesía debe mantenerse incluso con el enemigo. Eso decía un cartel que el corresponsal Assía vio en las calles de Londres cuando los alemanes bombardeaban la ciudad. 

Esta Gran Cruz se creó en 1771. Reinaba un ilustrado Carlos III . Si la condecoración lleva el lema de Virtute et merito, no hace falta traducción, sí haría falta exposición de las virtudes y méritos de alguno de los, insisto, adjudicatarios. Por ejemplo, de quien iba descamisado a las audiencias reales y con esmoquin a los festejos del cine. Quien era rupturista hasta que pisó moqueta y coche oficial. También es cierto que supo retirarse a tiempo: se cortó la coleta cuando constató que el discurso ya no se traducía en las urnas. 

No diré yo que no sea todo un mérito saltar desde las manifestaciones de los indignados —"no somos marionetas de políticos y banqueros"— o desde la acampada de la Puerta del Sol a la vicepresidencia del Gobierno de España. Ni diré tampoco que no hubiese razones para la indignación. Objetivamente es algo extraordinario el breve tiempo desde la acampada indignada a la llegada a la vicepresidencia del Gobierno. Y sin asaltar ningún palacio . Pero, objetivamente también, el azucarillo de la separación real de poderes, que pedían y aún se espera, se disolvió antes que un helado en la playa veraniega. 

Esperaba ingenuamente una declaración pública, educada sí pero coherente también, de renuncia a una ‘medallita’ que crean y firman los reyes. Para curarse de ingenuidades así hay que leer más la Biblia. El Eclesiastés, de un autor harto del pensamiento dominante, que en la versión latina se popularizó: Vanitas vanitatum et omnia vanitas. Tampoco pide traducción. 

No muy lejos de esta advertencia bíblica anda la siguiente anécdota. A un ilustre corresponsal le impusieron una condecoración. Después del acto lo recogí en un coche donde también viajaba mi hijo, con muy pocos años. El chaval observó la solapa, tocó el metal y le preguntó: "¿Qué é isto?" El algo más que veterano periodista le explicó: "Isto, neniño, déronmo por andar moitos anos polo mundo e por ser vello". Y el muchacho fue tan directo o más que Peñafiel: "Chapas destas téñoas eu na casa en cantidade". El condecorado concluyó: "Alá vai a medalla no carallo". E incluso le reconoció con obsequio monetario la sinceridad de la inocencia infantil. 

Las chapas que repartió Sánchez y firmó el Rey pueden tener atractivo para Pablo Iglesias y algún otro beneficiario. Recordemos lo que nos enseñaban en la escuela: Carlos III expulsó a los jesuitas, a los que Campomanes hizo responsables del Motín de Esquilache. La indignación fue, nos decían en la escuela, por cuestiones de capas y sombreros. Detrás estaba el hambre, aunque no nos lo contase el maestro. 

Tras lo visto, no me sorprendería que cualquier día se concedan nuevos ducados o títulos nobiliarios varios y que en la confesa fe republicana alguno borde en sus camisas la corona correspondiente.

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