Opinión

El viento al infinito

A VECES una llamada telefónica o un libro hace de magdalena/galleta proustiana y regresas a un escenario lejano en el tiempo. Me acaba de pasar con un ejemplar de una nueva, cuidada y buena edición de Quizás nos lleve el viento al infinito, de Torrente Ballester. Es un trabajo del sello Cuatro Lunas, de Kalandraka, con prestigio bien ganado. El libro acaba de salir estos días. Lo quiero interpretar como una resurrección de la obra de Torrente. Me llegó ayer a la puerta de mi casa, con una bonita nota de Xosé Ballesteros, director editorial. Me gustó y se la agradezco. No se puede pedir mucho más. Tampoco hay que ponerle puertas al viento de los recuerdos si, además, estos son hasta felices. 

Bien está que la obra de Gonzalo Torrente Ballester vuelva al escenario de las librerías y de los medios de comunicación. Ediciones como esta de Cuatro Lunas contribuirán a que el escritor ferrolano, y ¡tan pontevedrés!, sea conocido y fuente de gozo para las nuevas generaciones. Recuperar a Torrente es una deuda con nosotros mismos como gallegos.

Una vez hace ya tantos años que ni soy capaz de calcularlos me encontré con un señor en un paseo del Retiro madrileño de la feria del libro. ¿Es usted don Gonzalo Torrente Ballester? Anda, coño, uno que me conoce. Aún faltaban algunos años para que llegase el éxito televisivo de Los gozos y las sombras. Me debió de ver famélico porque rápidamente invitó a aquel estudiante gallego a almorzar al día siguiente. Le propuse a Xoán González Millán, vivíamos en una residencia de jesuitas en la calle Écija, por Rosales, que se viniese conmigo a conversar con el escritor por el que sentíamos admiración. Lo había descubierto en la revista Destino. El encuentro con dos estudiantes gallegos lo contó Torrente en los Cuadernos de la Romana que publicaba los jueves en Informaciones. Para qué lo voy a callar a estas alturas del calendario: no nos dejó nada mal en las calificaciones que nos dedicó. Están ahí en libro de los Cuadernos. La relación debió de empezar bien porque unos años después me invitó al acto de su ingreso en la Real Academia. Mi indumentaria desentonaba. La última cena la compartimos muchos años después. Acudió a Santiago con su mujer y un hijo a recibir el Gallego del Año. Cuando lo saludé en la recepción del Hostal dos Reis Católicos, con el abrazo me dijo: "Imos vellos, Loisiño". Estaba ya muy débil. "Uns máis ca otros, don Gonzalo". Y se rio. En la cena había una señora elegante y curiosa en la mesa de al lado. Era extranjera. Cuando se iba, se acercó educadamente, lo saludó y se declaró conocedora de su obra. Confesó que había estado atenta a nuestra conversación. Y se disculpó.

Después de aquel encuentro en Santiago poco tardamos en ir a Ferrol y al cementerio de Serantes, escuchar a Carlos Núñez interpretar la Negra sombra mientras los restos de don Gonzalo volvían a la tierra donde había nacido y donde alimentó su imaginación creativa.

¿A qué viene esta batallita de abuelo? A que Quizás nos lleve el viento al infinito aunque sea a imaginar lo que ya no podremos vivir. ¿O sí?

Comentarios