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Viejos a la intemperie

Se empieza con las colas en la panadería y se acaba por imponer el estraperlo como necesidad. El virus les sirve de explicación para estas colas que dan la vuelta a la calle, al modo cubano, incluso para jugar a la lotería en sus múltiples versiones del impuesto indirecto de la estupidez nacional. Así definió Vicente Verdú, creo, cuando todavía éramos jóvenes, esta incitación a la confianza en el azar y no en el trabajo para una vida mejor. Si se apuesta en este país por la especulación u otra forma exprés de hacerse rico, sin necesidad de contar con boletos ni concesión administrativa, parece que ofrecen más resultados que si se juega a la primitiva. Líbreme San Antón, patrón de los animales, de incitar a nadie a deslizarse por el proceloso espacio de la corrupción como quien practica Heliski al modo Bárcenas en Groenlandia o como un Bigotes en el paseíllo de una boda en El Escorial.

Las colas llegaron ya a los bancos. No son imputables, parece, a un corralito al modo argentino. Dicen únicamente que los consumidores no contamos más que para generar beneficios. Porque en la nueva economía todo el monte es orégano. Es indiferente que usted le llame economía digital, 5.0 o postindustrial. La vara de medir pasa por reducir empleo, cebar los dividendos para fondos que no tienen rostro y decirnos hoy una cosa y mañana la contraria, no solo con los guantes y las mascarillas en la pandemia.

Cuando se vino abajo el tinglado de la especulación financiera —Lehman Brothers o la gran caja gallega— y los cascotes cayeron sobre quienes no estábamos en la obra, un día dijeron que los riesgos eran menores con entidades financieras medias que con las grandes. Aún no había salido ese mismo día la luna al anochecer cuando nos vendieron lo contrario: la garantía es el volumen, la dimensión. Y continúan. Pero como muy bien lo contaba Arturo Pérez-Reverte, los clientes —es obligatorio disponer de una cuenta en un banco, es una imposición más del sistema que limita las libertades— estamos "cada vez más indefensos, cada vez más solos". Los mercados, o sea los pocos que se enriquecen en la crisis, celebran las fusiones. Desaparecen miles de oficinas y miles de empleados que atendían a los clientes. Ajustan, dicen. Los obligados usuarios nos vemos en la cola que da la vuelta a la plaza y descubrimos que el horario de caja termina a las 11 de la mañana. Ahí tiene usted a los viejos a la intemperie invernal por mandato del capital. Ofrecen banca telefónica aunque no lleves las gafas de cerca, novedades en la banca online o colocar tus ahorros en un fondo. Acuérdese de las preferentes. En nombre del progreso, además de pagarles, acabaremos todos haciéndoles el trabajo a los banqueros: la banca en casa.

Ando a la procura de una oficina bancaria que no me mande al carajo cuando después de intentos y esperas llegue a la ventanilla y que no me respondan con la indiferencia o con consejos como a un imbécil. Busco únicamente que me reintegren algo de lo que es mío, lo que quede después de comisiones y mantenimiento. Quiero ir a la plaza con efectivo a comprar cigalas y pagar por el mismo sistema una botella de La Grande Dame, la expresión más voluptuosa que se produce en Reims. Una venganza del sistema. Para qué querrán saber cómo gasto yo mi pensión. Aquellos de Caja Madrid que se fueron de putas con las tarjetas acabaron en los telediarios y los periódicos.

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