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Una chaqueta

Democratizó la moda con el prêt-àporter, hizo de su nombre una marca que por licencias le generaba al año 35 millones de euros, compró el castillo del marqués de Sade, el palacio de Casanova en Venecia, su tierra italiana aunque este detalle de inmigrante en Francia no mereciese una línea de texto completa por ser "una gloria nacional francesa"; adquirió Maxim’s, el restaurante en la milla de oro parisina que más que una catedral de la gastronomía era otra marca de culto para satisfacer a turistas con tarjeta platino que, desde el próximo Hôtel Crillon, iban a ocupar las mesas con caviar y foie en un rito imprescindible entre los tópicos de los ricos del mundo que viajan —¿viajaban?— a la capital del lujo y la gastronomía; desde su taller próximo, se acercaba a Maxim’s a comer macarrones y a beber agua mientras por la sala se exhibían las grandes añadas de Burdeos y Borgoña; fue un avanzado de la moda y, al tiempo, un gran empresario; también ambicioso, atrevido, falto de modestia, quizás para compensar las envidias que provocaba entre la alta costura que se resistió a reconocerle, salvo Jean Paul Gautier. 

Son referencias tomadas de algunas de las reseñas periodísticas sobre Pierre Cardin al difundirse la noticia de su muerte. Me gustó sobre todas una en Liberation, Cosido en oro, de Morgan Belouassaa, y encontré, y leí, bastantes hagiografías, una con solo dos palabras en el título, Le couturier: para qué más. Me gusta esta palabra couturier, qué le vamos a hacer, frente a diseñador. Es sonora. No es pretenciosa. Serán residuos de la vieja admiración, probablemente bobalicona en algunos casos y en otros no, ante lo francés, y las francesas si se permite decirlo así ahora. O quizás será que se activa la memoria, casi perdida, de aquellas costureiras que transportaban en una caja de madera la máquina, sin pedal, sobre su cabeza y que permanecían en las casas algunos días para atender necesidades para tiempo normal o ante acontecimientos extraordinarios, como un luto, una romería o un casamiento. 

La primera prenda que adquirí, de cierto empaque para un estudiante, fue una americana azul de Pierre Cardin

En Le Printemps, donde aconteció para el joven viajero español el descubrimiento de los grandes almacenes, y en Truffaut, que nos creó tantos sueños, apareció Pierre Cardin. Probablemente, digámoslo todo, ayudó la presencia de Jeanne Moreau, el amor de Cardin, la protagonista de Jules et Jin que podía enamorar a dos amigos a un tiempo. 

Mi primer sueldo, que llegó tarde, pero llegó, fue en marcos alemanes. Y la primera prenda que adquirí, de cierto empaque para un estudiante, fue una americana azul de Pierre Cardin. Me hice mayor con aquella chaqueta y un jersey de cuello vuelto o alto. Fue para mí una prenda iniciática. Un auténtico uniforme para quien perteneciese, como confesaba Cardin en 2004, a la "época de zazous, los hippies, Saint- Germain-des-Prés, la época de Beauvoir, Sartre y Gréco. Soy un dinosaurio". 

Será comprensible, si alguien llegó hasta aquí, que le dedicase un tiempo extra a la lectura de las necrológicas de ‘Le couturier’ que siempre miró al futuro y en plena guerra fría se fue con su negocio a China y Rusia.

Una chaqueta
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