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Sumar para el país

Enrique Santín fue el mayor impulsor del asociacionismo de los gallegos del exterior

SEÑOR DIRECTOR:

MARUXA

Los gallegos por el mundo y las generaciones que les suceden en los países que les acogieron representan un potencial de todo tipo para Galicia. La mirada apunta casi siempre preferentemente a América. La emigración a Europa tuvo y tiene otras características y otras posibilidades de relación con la tierra de origen. 

Fomentar los vínculos con Galicia de los gallegos en la diáspora y las generaciones que les sucedieron y les suceden por el mundo fue un objetivo múltiples veces debatido y buscado. Las nuevas tecnologías, la globalización de la información, las vías que puedan abrir los medios audiovisuales públicos gallegos lo facilitan ahora. El objetivo de la unión o asociacionismo se puso en marcha en más de una ocasión, creo que sin continuidad. O sin éxito, si usted lo ve más acertado. Parece que la idea y el objetivo reaparece. 
Hubo, décadas atrás, alguna primera cita, en Brasil en concreto, bajo la denominación de Congreso de Empresarios Gallegos en el Mundo. Fue la tan traída y llevada idea de un lobby gallego. Curiosamente criticada y despreciada por algunos en Galicia; una reacción así, autodestructiva de entrada, forma parte de lo que somos, aunque nos neguemos a verlo en el espejo en el que nos miramos. Podrían existir razones para la crítica si se entendiese o encaminase a ser un chiringuito más, llámele organismo si prefiere. ¿Es malo de por sí un lobby? ¿Tiene en origen algo de perverso? La capacidad de influir y de establecer relaciones salvo para los ángeles del cielo, que no para sus representantes en la tierra, son instrumentos fundamentales para lograr objetivos, para realizar tarea, también para interés colectivo. Si además somos pocos, organicémonos: la experiencia de la lentitud, el silencio o las respuestas demagógicas a las demandas gallegas por falta de peso, de capacidad de influir ante los poderes centrales en España así lo demuestran. 

Regreso a la globalidad y a la idea originaria. Las potencialidades que representaría para la propia Galicia la apertura de cauces de intercomunicación y encuentro entre los gallegos del mundo y las generaciones que les suceden no parece que sean despreciables. El cómo se alcanza o se materializa esta dedicación al asociacionismo de los gallegos en el exterior, en España o por el mundo, que impulsó Enrique Santín. Aunque pasó en etapas diferentes por cargos en la administración pública, optó por la vía profesional y la actividad privada. Fue un empresario de éxito. Fue igualmente un gran jurista, mereció el premio extraordinario de licenciatura en Derecho en la Universidad de Santiago, un brillante orador, un hombre culto, un conversador ameno, una memoria viva de los políticos gallegos en Madrid de forma que sea realmente operativo ese hipotético lobby es probablemente la solución que no se encontró. ¿Es una idea romántica, sin bases reales? ¿Sería realmente algo operativo para la economía, el comercio y, dicho en genérico, para lo gallego? Incluyamos la cultura y la lengua. Falló quizás el modelo o la forma de ponerlo en marcha, de lanzarlo y presentarlo en sociedad. Por eso se justifica que se intente de nuevo. 

Lo que sí me atrevo a plantearle a usted es la necesidad de buscar fórmulas eficientes que mantengan el vínculo con Galicia en las generaciones que suceden a los emigrantes gallegos por el mundo, que se sientan pertenecientes a este país. Probablemente no sea por una única vía, llámele usted sentimental o cultural, que también. Precisamente por ello deberían explorarse otras como las que puso en marcha Enrique Santín, un lucense de origen recientemente fallecido en Madrid. Ha sido con probabilidad el mayor impulsor del asociacionismo gallego. 

Fue precisamente la noticia de la muerte del casi centenario Santín la que me llevó a estas notas que le escribo sobre el lobby o la necesidad del asociacionismo y vínculos con el exterior. Galicia pierde peso poblacional a pasos más que preocupantes. Santín fue una persona activa en múltiples tareas, con dedicación y acierto. Fue, y me repito, uno de los mayores, o el mayor, impulsor del asociacionismo de los gallegos. Lo hizo en frentes diferentes. La vía sentimental, que no se debería despreciar, hay que valorarla en su dimensión, como la Enxebre Orde da Vieira. Una manera para despertar o alimentar el sentimiento de pertenencia. O puso en marcha fórmulas pragmáticas para la asociación de empresarios gallegos en Madrid y de empresarios gallegos en el exterior, en el mundo. Impulsó o participó en otras muchas realidades asociativas. A pesar de los reconocimientos que ha tenido, le confieso a usted que eché y echo en falta un gran reconocimiento a esta dedicación al asociacionismo de los gallegos en el exterior, en España o por el mundo, que impulsó Enrique Santín. 

Aunque pasó en etapas diferentes por cargos en la administración pública, optó por la vía profesional y la actividad privada. Fue un empresario de éxito. Fue igualmente un gran jurista, mereció el premio extraordinario de licenciatura en Derecho en la Universidad de Santiago, un brillante orador, un hombre culto, un conversador ameno, una memoria viva de los políticos gallegos en Madrid —Fraga, Cabanillas o Juan José Rosón—, del franquismo a la transición, un colaborador en prensa hasta los últimos meses de su vida, y, sobre todo, una buena persona en el sentido machadiano del calificativo. Creo, hasta donde lo conocí y en las sobremesas que tuve la oportunidad de compartir con él en Madrid o en Galicia, que se le podría definir como un ejemplo vivo de la filosofía o el espíritu que marcan en la tolerancia y en el saber Los ensayos (Les essais). Enrique Santín me pareció siempre un ejemplar discípulo del señor de la montaña, de Michel de Montaigne. 

Esta carta iba en el largo arranque de la potencialidad que representa la diáspora gallega por el mundo. E iba también, como hace algunos años escribí en este periódico, "de ese reconocimiento de país que Galicia, la del propio territorio, tiene como deuda con Enrique Santín. En el reparto de botafumeiros que la tradición dice que aquí se vino practicando, a Santín quizás le falten los hechiceros que esta tribu exige para que se reconozca a alguien la condición de bó e xeneroso". Aunque no formemos parte de los brujos que reparten credenciales de la tribu galaica, lo hacemos usted y yo de esta forma, en honra y recuerdo de un sabio escéptico, ausente de dogmatismo y capillas, y buena persona como Enrique Santín. 

De usted, s.s.s.

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