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Respeto para morir

Proponer atar al paciente, al que no se le da alivio alguno para el dolor, no es compasión. Es, dejémoslo así, inhumano. Viví mi infancia con un médico en el entorno. Guardo un cálido recuerdo de cuando le acompañaba, todavía tuvo el caballo un tiempo como medio de transporte, en la visita a un encamado en una aldea. O cuando ya adolescente en el tiempo de vacaciones en la aldea me explicaba qué le sucedía y que le esperaba a algún paciente. Cuento con algunos de mis mejores amigos y algún familiar en la medicina. Desde la experiencia vital con esos profesionales, a los que admiro por su entrega, y desde el respeto absoluto a todas las creencias, que no sean fanatismos proyectados sobre el prójimo, me resulta incomprensible que a un paciente terminal se le escamotee rebajarle el dolor físico y el sufrimiento psicológico en todo lo que la ciencia y el sentimiento humanitario lo permitan. Grito ahora ante el dolor sin sentido. 

Con la distancia sentimental aconsejable en el cuidado de quien sufre, cuando desparece el impulso a aliviar el dolor o sufrimiento, a remediarlo o evitarlo —eso es compasión- no hay percha que aguante profesionalidad alguna relacionada con la persona. La medicina humanística y la no humanística se habrán ido por el desagüe. El sistema, la organización o la tecnología no son las responsables en este caso de la ausencia de compasión. Al contrario, la tecnología facilita aquí toda la información sobre el proceso de años que llevaba el paciente, al que en esas últimas horas había que darle paz.

No vale escudarse aquí en la falta de regulación para la eutanasia

Alguien, próximo para mi y ya fallecido, pasó horas de desesperación desde que ingresó en un hospital. El relato de los familiares que le acompañaban es escalofriante. Resulta incomprensible que pueda acontecer algo así en un centro y con unos profesionales que están para curar. También el dolor. Me duele en el alma el de mi amigo que ya había acumulado durante años sufrimiento. El dolor cuando no es alerta es injusticia. No hay filosofía ni teología que lo pueda justificar, salvo con razonamientos que son en sí mismas patologías para el diván del psiquiatra. No vale escudarse aquí en la falta de regulación para la eutanasia. No se trata de eso, salvo que confundamos el culo con las témporas. Sucede con demasiada frecuencia en todos los campos, también en el periodismo. Pero que sea así no disminuye la gravedad de una propuesta de atar a un paciente y no darle alivio. 

No vale acogerse a la objeción de conciencia para denegar auxilio frente al dolor a quien carece de toda esperanza. Estamos ante una mala praxis. El dolor como alerta había superado aquí su misión. Bastaba ver el historial. El dolor nunca es vía de purificación, salvo para mentes enfermas o degeneradas. 

Un comportamiento así no encontrará paraguas al que acogerse desde Aristóteles, padre de la ética, hasta los profesores que este verano se ocuparon de ética de las profesiones y éticas aplicadas.

Respeto para morir
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