Opinión

Qué culpa tiene el niño

Hay unas campañas navideñas que nos tocan la fibra sensible de la solidaridad y la bondad. Si dan con el punto, y hay profesionales para ello, en casi todos se nos activa. No sé si aparece la solidaridad como consecuencia de una sensiblería puntual o como fruto de una reflexión sobre el problema que se presenta. Si fuese lo segundo, la reflexión, la respuesta o la búsqueda de la misma se prolongaría en el tiempo. No sería solo el buenismo como sentimiento navideño. Por un instante, esas campañas despiertan no sé si una conciencia de culpa ante la injusticia o de autosatisfacción situándonos como contraste, como afortunados por estar fuera del problema. El frío invernal navideño es tiempo de buscar el fondo bueno, humano, se supone que existe en todos, aunque en algunos casos sea de difícil acceso, y expresarlo en solidaridad. Durante unos días, mientras se anuncia la lotería, todos somos buenos. Aldeas Infantiles SOS lanza una campaña este año con una advertencia: en España hay 2.600.000 niños que no tienen cubiertas las necesidades básicas. Es una alarma que se quedará ahí hasta el próximo año. Pero si le echamos una mínima ojeada, la fotografía de la sociedad en la que vivimos, que presenta esa cifra, es negra. Debería provocar mecanismos de respuesta inmediata. Qué culpa tiene el niño que en una sociedad desarrollada y del bienestar pasa frío y hambre. Qué responsabilidad sobre su situación se le puede atribuir a él. Y, en muchos casos, el mismo interrogante se lo podrán formular sus padres o sus familias sobre el porqué les ha tocado a ellos vivir en la carencia o la miseria en una sociedad que multiplica los días para celebrar el consumismo. 

Pudieran entenderse como preguntas retóricas, recurso para un artículo de prensa. Puede parecer una cuestión tópica, para el discurso demagógico o la política populista que no dejan de ser, en los resultados —a la historia me remito—, tan ineficientes estructuralmente como la ‘caridad’ que critican frente a la injusticia.  El ‘pobriños’ como expresión de respuesta es la vía para no afrontar la necesidad de explicaciones y responsabilidades.

Digamos que hay que dar un salto y buscarles respuestas a esos interrogantes. Las causas están en la realidad de la sociedad que mantiene, ¿provoca?, tal número de excluidos. Pero, mientras tanto, habrá que hacer algo para que esos 2.600.000 niños no pasen frío, hambre y cuenten con herramientas para que nuevos horizontes sean alcanzables para ellos, para que se puedan subir al tren del bienestar. 

Para darnos una idea de la dimensión: la cifra de niños que en España no tienen cubiertas necesidades básicas equivale prácticamente a la población total de Galicia. No es que seamos muchos en Galicia, precisamente la falta de población y la tendencia negativa es un problema, pero un volumen así de niños con carencias de comida, de ropa de abrigo, de material escolar… frente al derroche mayoritario con Papa Noel, Reyes y el lucero del alba es una bofetada social para los marginados. Ya sé que los discursos, los anuncios o los artículos les abrigan o les sacian. Pero algo habrá que decir.
 


 

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