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Otra alerta: campanadas sin Gayoso

Es una simpleza, podría decirse que una estupidez, tomar doce uvas ante el televisor en el tránsito de un año a otro. Si hay que hacerlo, se hace. Es aconsejable tomárselas de cuatro en cuatro. Con este método se reduce el tiempo para imaginar lo imposible para el año que empieza y de recordar lo desagradable del que se fue.

Para participar en el rito de las uvas había una condición: la existencia de conexión con la TVG y escuchar la Berenguela con los consejos y buenos deseos de Gayoso para Galicia. Ya no puede ser. Lo acabamos de descubrir. Otras personas, parece que muy importantes en la programación de la TVG, lo ignoro totalmente, ocuparon el tiempo y el espacio de Xosé Ramón Gayoso en el tránsito de año. Sin el faro de Luar, la verdad, ya no es lo mismo la entrada en año nuevo. Crucé los dedos y llené los bolsillos de ajos.

Con la presencia de Gayoso en el Obradoiro estaba incluso dispuesto, fuese donde fuese, a brindar con sidra en ese instante en que todos, todas y todes te desean feliz año nuevo. Es un decir. Alguna vez, me he acordado en ese momento de alguno en concreto al que solo le deseé lo que se merecía. No es ninguna maldad, me aseguró un curandero de almas.

Hete aquí que me temí lo peor para este país cuando descubrí el fin de año pasado que no estaba Gayoso para las instrucciones de las uvas y las badaladas de la Berenguela. Temí que me ahogaba con las puñeteras uvas, de olor y sabor rancio. ¡Falta Gayoso! Aquella elegancia suya no desmerecía de 007 que se juega unas fichas en el casino de Montecarlo mientras se toma un Dry Martini.

Es todo un arte, para el que no vale cualquiera, narrar cómo va el toque de la campana. Temí que esta vez fuesen trece y no doce las campanadas. Dicen que cuando eso suceda, si sucede, el demonio andará libre por la ciudad del Apóstol para hacer lo que le venga en gana. Torrente contó casi todo lo imaginable sobre Santiago pero, que yo recuerde, no esto del toque número trece. Perdone el lector la incorrección política, pero aquí el diablo no se vestiría de Prada.

La Berenguela llevaba años en silencio hasta que Alfredo Conde llegó a la Consellería de Cultura y dispuso la correspondiente partida para restaurarla. El conselleiro-escritor había estudiado en Santiago, en compatibilidad con la condición de marino. Sabía de la importancia del sonido de la campana para la salud del vino. Son casi seis toneladas y media de peso en aleación de bronce, estaño y cobre. Algún ilustre dejó dicho, o escrito, que el toque de la Berenguela mejoraba en el bocoy el vino que vendían a la estudiantina por las tabernas del Franco compostelano, que había viajado desde el Ribeiro.

Ya no hay vino en tazas de barro, ni bocoy en las tabernas, ahora son de diseño, ni Gayoso transmite las badaladas del fin de año en la TVG. Una señal más para la preocupación, que se suma a la peste que no nos abandona.

Otra alerta: campanadas sin Gayoso
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