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Ni la música

Temo que un día, ahora que en Radio Clásica abundan los locutores que tutean a la audiencia, retiren a Manolo Fernández y su Toma Uno

A esa hora en la que tarde cae, cuando Juan Ramón Jiménez experimentaba la tristeza dulce del campo, se me asoma al interior el apagón depresivo del atardecer en los pocos días de luz que hay por aquí. A esa hora al poeta le llegaba del prado un suave olor a heno. A mi me llega un insoportable olor a purín que lo penetra todo en Portocobo. Sospecho que se vea como una referencia prosaica pero es que el cheiro dura horas. Sucede en dominio del Camino de Santiago. Anula la presencia de la menta y la lavanda de las restantes horas del día. También sobre la ruta, que dicen protegida —sospecho que para disfrute de burócratas que miran con lupa el sexo de una mosca y se sienten protagonistas en El castillo de Kafka—, adornan el cielo multitud de postes y cables sueltos o con amplia flojera a modo de paisaje urbano caribeño o tercermundista, como prefiera. Sucede en Agrela. Mis espacios de vida están sin pretenderlo al pie de los caminos que vienen de Roncesvalles o de Lisboa.

Cuando vuelvan los peregrinos, que algún día regresarán como las golondrinas, me sentaré al bode de la calzada para ofrecerle conversación y un albariño fresco al caminante. Mi objetivo real será convencerle para que cuelgue sus botas gastadas desde Lisboa en estos cables que tapan el cielo de Agrela. A ver si logro que se venga todo abajo. Además del vino, elaboré un argumentario. Le diré al caminante que en los años jubilares es una exigencia para cruzar la puerta de los perdones haber colgado las botas en los cables de esta aldea singular.

Vuelvo a esa hora de la tarde en la que más que nunca en este tiempo de lluvia y pandemia lamento que mi cultura musical sea muy deficiente, que no cuente con un mínimo conocimiento para sentarme ante un piano. Será un síntoma de un sentimentalismo de rebajas. Es el resultado de algunos de los pecados estúpidos, otros no, de la adolescencia y la juventud. Esta carencia se constata más en el actual tramo vital de descenso para aproximación al aeropuerto de irrenunciable destino. Las manos sobre el teclado traerían sosiego y esperanza. El sonido haría invisible el laberinto de cables que resulta tan grosero como el olor del purín.

Estas deficiencias personales no impiden que sintonice habitualmente en el coche Radio Clásica. Los sábados y domingos a mediodía confieso una auténtica adicción: viajo en Radio—3 por la americana música de Manolo Fernández. Se nos fue demasiado pronto Cifu, que nos desasnó con el jazz. El amigo Jaureguizar pasó unas horas con él en Ribadeo. Después de eso, pudo cantar "un gracias meu señor Santiago, aos vosos pés me tes xa, si queres tirarme a vida, pódesma señor tirar". 

Temo que un día, ahora que en Radio Clásica abundan los locutores y comentaristas que tutean a la audiencia —eso podría tener un pase en un programa de zarzuela—, retiren a Manolo Fernández y su Toma Uno. Alguien podría ordenar que en una democracia incompleta: de USA, ni la música. Si hasta los tertulianos de este mediodía en la Uno de TVE sostenían que enviar a la hija del Rey a estudiar a Gales es una huida de la pandemia. ¿Qué tomará esta gente y por quiénes nos toman?

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