Opinión

Muros y cortesías

GALICIA MANTIENE las formas y la cortesía –somos una antigualla para ciertos cánones de mala educación– a pesar de la dedicación y los esfuerzos de algunos en campaña por subir la política gallega al carro del rupturismo, los bloques con muros de incomunicación y la crispación española. Ana Pontón y José Ramón Gómez Besteiro la noche del domingo felicitaron al ganador Alfonso Rueda. No cuesta nada, supone o ha de suponer el final de los excesos verbales de campaña y habla bien de quien toma la iniciativa de llamar. Esta elemental cortesía, no solo la ignoró Sánchez la noche del 23 de julio, sino que anunció un muro de incomunicación con la derecha –PP: 33,33% de los votos–, que le había sobrepasado en votos a él –PSOE: 31,94%–. Ayer, antes de irse a Marruecos, en el rifirrafe sobre la condición de mentiroso que Sánchez mantuvo en el Congreso con Alberto Núñez Feijóo deslizó o se le escapó una felicitación a los populares gallegos. No se hagan ilusiones estos y se apresuren a agradecérsela. Pareció más bien algo forzado o digamos que sonaba de aquella manera. No sabría decir si fue una cortesía envenenada para el líder de la oposición.

¡Qué formas tienen algunos de analizar –justificar– los resultados electorales en Galicia! Todo se explica por falta de tiempo y por préstamo de votantes.

Hay más matices de formas y modos para contraponer entre lo que sucedió aquí la noche del domingo pasado y lo que ocurrió en julio en Madrid. Modos que son símbolos de convivencia respetuosa, más allá de las diferencias ideológicas y las discrepancias profundas.

Alfonso Rueda, que venció por mayoría absoluta, formuló el convencional anuncio de que gobernaría para todos los gallegos, para los que le votaron y para los que no. Obvio. Aunque demos por norma que todo alcalde coloca la farola del alumbrado  primero ante la casa de los suyos y que esperen quienes votaron a los perdedores. Sánchez tejió legítimamente apoyos parlamentarios suficientes para ser presidente. Discutir o cuestionar su legitimidad fue una de tantas expresiones de sandez política, como las que se escuchan y se ven desde que se acordó enterrar en fosas profundas todo lo que huela al espíritu que hizo posible la transición de la dictadura a las libertades. A alguno le debe parecer un exceso que llevemos casi medio siglo de país normalizado con su entorno de democracias liberales y de convivencia ciudadana. Ahora toca el regreso a los muros que incomunican y enfrentan. La construcción de esa suma de apoyos que hizo Sánchez, con izquierdas y derechas nacionalistas como Junts o el PNV, no justifica que, en unas elecciones que no había ganado, lanzase aquella noche de julio el mensaje de vencedor de las derechas, sin reconocer en ningún momento que su competidor directo le había sobrepasado. Y sobre todo, es sintomático que en lugar de anunciar que sería el presidente de todos y que gobernaría para todos, garantizó la primacía única de su ideario presuntamente progresista y se entusiasmó cuando allí jaleaban un ‘no pasarán’, al modo de consigna bélica.

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