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El gran viaje de Blanco Vila

El maestro Luis Blanco Vila es un jubilado que lleva por aquí, su tierra, varios años. Cuando le llegó la edad de retirarse regresó a Boiro con Begoña, su mujer. Había pasado mucho tiempo, toda una vida, desde su partida. Poco después de asentarse, con sus libros y sus cosas del viaje de vuelta, dejó durante varias semanas brillante testimonio de sus vivencias de viajero y cronista por el mundo en El Progreso y Diario de Pontevedra. En Amazon está ahora ‘La caza del cordero’, un libro que creo era la tarea que se había marcado como gran cierre, y terapia, cuando se retiró a Boiro. Cumplió su objetivo. ‘Novela sin remedio’ que dice el subtítulo, se definiría más más bien como reencuentro, reivindicación de una víctima y reconciliación con la misma, y memoria y confesión de una vida. 

En el ir y venir de lo que se cuenta, de los narradores —el adolescente, el joven, el hermano, el anciano que recuerda— hay un ejercicio de técnicas narrativas de quien enseñó literatura. En realidad es un fluir libre, honesto, sin caminos prefijados, por las vivencias de quien estos días, un escorpio según dice, debe cumplir los 85. La violencia, los paseados de unos y otros, o la muerte del padre, el hombre del coche en el pueblo, es materia que necesitaba recuperar.

Periodista, profesor y escritor nació en la orilla norte de la ría de Arousa. Habían transcurrido unos meses del estallido de la violencia civil del 36. Se fue muy temprano a internados y noviciados. No había otras salidas en un pueblo de la posguerra. Vinieron luego las filologías, las corresponsalías en París y Roma,  las columnas de prensa, la comunicación institucional, la proximidad con la política o la cátedra.

Regresó para ver amanecer desde la ventana de su estudio y esperar a que el sol se vaya. Volvió al encuentro de los suyos, de sus espacios familiares, de su propia memoria. Regresó para proyectar luz sobre zonas de la vida a las que, sospecho, había aplicado la sombra. Afloran sin censuras momentos y sucesos que hacen que la última curva sea un tránsito suave para tomar la gran recta sin horizonte conocido, allí donde Blanco Vila  ve desparecer el sol en las aguas que ya no son ría. El padre, según el narrador, moribundo en la cama de la clínica del doctor Villar en Santiago, coincidía con quien proponía allí llevarlo a casa para que morir en ella. Era su deseo. El hijo, sin párkinson ni el alma herida por lo que tuvo que experimentar su padre, quiso regresar también.

Cuando habla y escribe parece dichoso en su Boiro. Escucha a Shubert de madrugada, y disfruta de la lectura y la escritura. ‘La caza del cordero’, más de quinientas páginas, muestra en muchos momentos que quien cuenta y recuerda, también disfruta sin contención con el ejercicio de escribir. Deja fluir las palabras. Goza la creación literaria. 

El recurso de las libretas con anotaciones y reflexiones del padre, que encuentra ahora en el fondo de una caja en el trastero de una  vieja casa familiar, sirve para ver la sociedad que se enfrentó en la violencia y, por lo que apunta, algunos pretendieron resucitar ahora como un arma para destruir.

El gran viaje de Blanco Vila
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