Opinión

Disuasión

Para qué crearán tanto empleo público. Básicamente como una aportación para mejorar las cifras de ocupación y reducir las tasas de paro. Para decir que todo va bien y para construir nuevos edificios —así crece el gasto, incluso dirán que la inversión, qué importa la deuda— para que acojan el incesante crecimiento de burocracia. Luego, cuando hay que pedir cita previa, digamos que para ir el urinario público, si lo hubiese aunque multan por miccionar en la esquina, o sea mear, hay que entenderse, es un decir, con una máquina, un programa informático. Un trebello. No hay ser humano, funcionario, personal eventual o temporero al otro lado para atender. Como en los bancos. La máquina, el programa o la ignorancia artificial, no le llamemos inteligencia, que, por poner un caso concreto, responde para la petición de cita en el centro de salud que me corresponde, desquicia al más sereno. Menos mal que luego llamará un ser humano que entiende el soberano cabreo del administrado.

No tenemos derecho ni al certificado de defunción sin cita previa. Deberían colocar un cartel en las puertas de los edificios oficiales —también los bancos, oligopolio que nos vendieron para salvarnos— con una versión modificada de la Divina Comedia: "Pierda toda esperanza si no tiene cita previa".

La maquinita que me salió cuando llamé este día al centro de salud es lela, lerda, boba, tontaina y otros calificativos similares, a poder ser que vayan in crecendo. No describirán del todo la inutilidad del invento de atender sin personal. Creo que es una máquina con deficiencia de nacimiento, dicho sea con permiso del legislador que impone lo que es políticamente correcto. Y también con todos los respetos para quien la creó, la vendió y la compró.

Probablemente practica la censura, como aquel pííí de la tele para tapar palabras malsonantes o de alta temperatura en horas de audiencia infantil. Quizás se toma respiros en forma de prolongados silencios para cabrear al que llama. Lo de la censura lo sospecho porque empieza una frase, se hace el silencio, y regresa la voz para pedir que contestes a no sabes qué, se ha callado, no has oído. Repita usted, dices educadamente, y contesta no le entiendo. A lo mejor, con tanta confianza, tutea, no lo sé. Salvo maldecir, qué puede hacer el administrado. Sospecho que esos cortes, esos silencios que dejan la frase a medio construir, están programados como la oportunidad que tiene el trebello para ciscarse en mí o en quien tenga el atrevimiento de llamar. Servidor, en correspondencia a lo que sospecha que le están haciendo, se ciscaría, si alcanzase, hasta en el lucero del alba.

La tortura empieza con la propuesta de idioma. ¿Quiere ser atendido en galego o castellano? Galego. No le entiendo. Pues en castellano. No le entiendo. Pues en el idioma en que le dé la gana. Tampoco me entiende. Me tiro un farol de los tiempos de aprendiz frustrado de alemán en Zweibrücken, Deutsch? Y corta, sin un Tschüss. Menos mal que luego me llamó un ser humano que hablaba realmente en gallego y en castellano.

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