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Decir lo que se piensa

JAVIER MARÍAS y Rosa Montero coinciden en el mismo número de EPS en un diagnóstico. Creo que es certero e indicativo de algo grave. "Aquí al que saca la cabeza hay que atizarle", escribe Rosa Montero. Lo explica algo más, "lo llevamos muy metido en la sesera". Tan metido está que es misión que ejercen con entusiasmo los vigilantes de la ortodoxia, a derecha e izquierda, los porteros que controlan quién es afecto y desafecto del partido o de la tribu, y dan o retiran el paso a la sala de fiestas, o los enanos mentales que transmiten descalificaciones a los jefes en unas prácticas del meritorio para el título de aprendices de brujos y acceso al pesebre.

Da igual en lo que destaque una persona. Si hace dinero, algo difícil para quien empiece de abajo en estos tiempos, según escribía días atrás Segismundo García, será un ladrón o andará en turbios negocios. Recuerdo hace años en A Coruña cómo una señora, con tradicional y reconocido comercio textil en la ciudad, lanzaba sobre la mesa de una cena las peores insinuaciones sobre Zara. La envidia, "que mata más que el cánser" (sic), leía recientemente en una destartalada camioneta en una ciudad caribeña. El éxito está mal visto entre nosotros, pero no solo por los de arriba. Si escribe novelas que se venden y suman ediciones y traducciones pero «no es de los nuestros», no se adscribe a ninguna cuadra o capilla, se le silencia o se insinúan y difunden maldades para desprestigiarlo. Hay algunos nombres que uno no se explica cómo llegan a donde llegan y hay otros que tampoco uno se explica que no acaben por llegar a donde les correspondería. Se aúpa la mediocridad, no es competencia peligrosa, y se arrincona a quien se teme que pueda hacer sombra.

Javier Marías, siempre con dardos certeros en el centro de la diana, que se pueden compartir o no pero ayudan a reflexionar, decía que "lo más grave que le puede pasar a una sociedad libre y democrática es tener miedo a opinar en voz alta. Y a eso hemos llegado". Son altísimos los riesgos de lapidación por opinar al margen del manual gregario correspondiente o del prontuario partidista. Si uno se sale de la línea trazada en materias tan sensibles como las de género, lingüísticas, sexualidad, religión, eutanasia y un infinito número de asuntos puede ser etiquetado y excluido tanto por reaccionario como por rojo peligroso. Hay que estar permanentemente en línea con los líderes partidarios. En materia política no es suficiente callarse, hay que aplaudir entusiasmado. Basta con observar el comportamiento de los diputados y senadores, opinan y votan lo que les mandan, hasta cuando no están de acuerdo. ¿Cuánto se ahorraría en dietas y gastos de desplazamiento si ya se sabe que las posiciones y el sentido de los votos está decidido? O basta con observar, si hay paciencia para ello, a buena parte de los tertulianos, con contadas excepciones que alguna hay o había.

Algo va peligrosamente mal cuando opinar por libre implica el riesgo de lapidación en la plaza pública de las redes y los mentideros o se dicte el aislamiento, el silencio y la condición de enemigo.

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