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Control de la finca

Está necesitado de dedicación el camino de la moderación y la tolerancia que afianza las libertades. Sobran constructores de fosos que separan

A LA HORA DE irse Borja Sémper, el político popular vasco, avisa: la que se hace no es política con mayúsculas. Ni probablemente sea con minúsculas, añado. Quienes dirigen y aspiran a mandar abren fosos profundos en la sociedad para marcar el espacio de los propios, para no perder el control. Así, con esas separaciones resulta imposible percibir las voces de quienes quedan fuera. Tampoco les importa. El interés de esos políticos no es por escuchar a quienes están o quedan fuera. Se trata de que no se les oiga. Lo que se busca es el control, el dominio y el sometimiento, no el gobierno y el progreso de unos ciudadanos libres. El tránsito por la tolerancia y el diálogo, la construcción de la sociedad abierta, está cortado.

Esos argumentos que llevan a una retirada de la política deberían ser un campanazo de advertencia. No sucederá. Es tiempo de halcones, de no rendirse ante nada en el objetivo de tomar todo el poder. No hay espacio ni tiempo para la finezza: de las alfombras mullidas se pasa a descalificar y a expulsar a quienes han sufrido el terror para ganar espacios de libertad y civilidad para todos. Se van los que no han hecho una profesión ni un medio de vida de la tarea de ganar espacios para las libertades e hicieron frente a la intolerancia y al terror.

Las viejas prácticas de control político nunca son para beneficio del ciudadano. Se imponen como absoluto objetivo partidista del poder. De momento puede ser con observancia estricta de la norma. No importa la pedagogía de las ideas y la luz de la razón cuando se tiene el botón del mando único.

Exactamente igual que vuelven —¿se fueron alguna vez?— las viejas prácticas del cacique que observa, vigila y etiqueta a todos, para que los ciudadanos se sepan controlados. Se sepan dependientes. En definitiva, atemorizados.

Parece un desandar democrático perder las formas, aunque se observen las reglas, para controlar toda la cadena de mando. No es solo en los grandes nombramientos. No es solo de una parte. El desandar democrático tiene un conocido y triste indicador cuando los parroquianos de un pueblo en la práctica social y socializante de la hora festiva de los vinos y las tapas se saben observados y controlados políticamente.

Los peligrosos caminos que conducen a las carencias más elementales de libertades se construyen con el temor y el miedo que genera el saberse observado y controlado políticamente en todo momento.

Está necesitado de dedicación el camino de la moderación y la tolerancia que afianza las libertades. Sobran constructores de fosos que separan. La hora festiva de los vinos como los tiempos de tertulia política en los medios públicos o el debate parlamentario debería ser para la expresión de ideas, no consignas, y para el encuentro, no la descalificación, para la construcción de puentes y no para profundizar y exhibir la distancia y el alejamiento.

No es el sueño de una sociedad idílica. Es la necesidad de sociedades abiertas en las que la política se practique con mayúsculas, con un esfuerzo por la buena caligrafía.

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