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Un chirimbolo en el Sergas

AL NO saber cómo nombrarlo, consecuencia de ignorar para qué sirve ni cómo es, aunque pudiera ser una creación virtual sin apariencia física, lo llamo así: chirimbolo. Sin afán de desprecio, por favor, solo reflejo de mi ignorancia. Google me informó de un número de teléfono para solicitar cita previa con el fin de validar una receta. No me sirvió de nada. Se me escapa la razón de validar una receta que ha emitido un facultativo, con sus títulos y registros correspondientes. No me voy a meter en más jardines: empiezas por criticar la necesidad de validar una receta en la era informática y acabas por cuestionar el gran monstruo de la burocracia administrativa que se retroalimenta generalmente por inanición o inacción, o ambas.

Llamo a ese número. Responde, es un decir, una voz masculina que pregunta si uno quiere ser atendido en gallego o castellano. Le digo que en gallego. Me contesta, con tiempo compuesto incluido, como si no estuviésemos en Galicia: "No le he entendido". En ese mismísimo momento descubrí lo que era el bilingüismo armónico en la evolución posterior a Fraga: usted le dice que le atiendan en gallego y le contestan que no le entienden. Esto antes de empezar a hablar. No fue una vez. Fueron varias.

La razón de las repeticiones es sencilla, mi objetivo de pedir una cita previa nunca llegaba a su fin entre tantas opciones de pulsar números. Faltaba la de pulse el infinito si quiere hablar con el lucero del alba. Tras darle al número que me imaginaba se correspondía con mi solicitud, se registraba un gran silencio: el de la máquina o el software del trebello, digámoslo así para no repetirme con el chirimbolo y aunque este invento no figurase en aquel precioso libro de Odón Luis Abad Flores, con portada de Seoane, Máquinas e trebellos para labrar a terra, digo que quizás el trebello estuviese de vacaciones, días libres, moscosos o tal vez disponía de su tiempo libre a media mañana, como cualquier funcionario, para tomar café o un respiro. Las máquinas también tienen derechos.

Quizás todo sea más simple. Se me ocurren dos opciones: este sistema de contestador sin persona humana al otro lado, que va dando opciones de pulsar números en función de lo que uno busque, pudiera ser una copia de esos de las empresas de telefonía o la banca que le mantienen a usted colgado del auricular, con musiquilla de ascensor, eso sí, que en este caso no, hasta que se aburre y cuelga. En algunos casos, como el mío siempre, le manda previamente un saludo a quien corresponda en los términos de cortesía homologable al trato recibido como consumidor. A usted le robaron la tarjeta de crédito o de pago y es más probable que la encuentre en un contenedor que ser atendido con prontitud por el teléfono de las 24 horas para darla de baja.

La segunda opción que se me ocurre ante el funcionamiento de este chirimbolo del Sergas es que sea un artilugio disuasorio o para desquiciar a gentes que no hemos superado la brecha digital.

El final es feliz: me personé en donde tenían que validarme la receta. Fui atendido con toda amabilidad por una primera funcionaria y por la persona que tenía que estampar su firma en la receta. O sea, personas y no artilugios, sobre todo cuando son inútiles

Un chirimbolo en el Sergas
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