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Un bastón de Churchill

Un cálido y silencioso anochecer veraniego caminábamos en la Casa Grande de Xanceda hacia la explanada de entrada. Allí estaban los coches. Carlos Reigosa había intentado durante la tarde una nueva sesión, la segunda, para recabar datos de Felipe Fernández Armesto (Augusto Assía). Lo que conocía le animaba a escribir una biografía del "príncipe de los corresponsales españoles de todo tiempo", según advocación de Ignacio Peyró. Tras el fiasco del primer encuentro, Reigosa me propuso estar presente a ver si animaba a hablar al viejo corresponsal. "Este hombre viene aquí a hacerme unas preguntas, que yo no sé", me lanzó Assía nada más entrar. Llevaban ya algún tiempo de infructífera conversación el periodista de Lágoa da Pastoriza y el de A Mezquita.

El objetivo de Reigosa no pudo ser. Assía se resistió de mil formas: la edad o su falta de memoria fueron desvíos que repetía una y otra vez cuando no le interesaba dar respuesta a la pregunta. Pero, ¿usted oye?, se dirigía a mi como asombrado, cuando no quería hablar. Ya me había advertido que no estaba por la causa cuando hice de mensajero entre Reigosa y él para posibilitar el encuentro.

Coincido con Peyró y con otros en que si hemos de buscar una vida gallega y española que fuese testigo —¿hay que escribir testiga?— directo de los grandes acontecimientos y personajes del siglo XX necesariamente hay que ir al gallego Augusto Assía. Cumplió en todo momento con aquel mandamiento del periodismo que exige estar siempre donde hay que estar: con Franco o Indalecio Prieto, con Philby o con Garbo, en riñas con Goebbels o en la proximidad con Churchill. Fue el único corresponsal español que permaneció en Londres bajo los bombardeos alemanes. Ese período crítico que narra Erik Larson en Esplendor y Vileza, una obra que acaba de aparecer, best seller para el New York Times. Al leer ahora a Larson se hace más veraz el testimonio del Assía cuando contaba en sus crónicas que escribía mientras le caían trozos de cristales de las ventanas por efecto de las bombas.

Creo que anda el profesor Ramón Villares en trabajos para la tarea de hacernos visible la trayectoria de este gallego, que ciertamente construyó su personaje, pero que fue el primer occidental en acceder al palacio imperial japonés o que acompañó a Franco en Londres, enviado por la República al funeral de Jorge V. Incluso asesoró al que pronto encabezaría el golpe de Estado en alguna compra muy personal para Carmen. La biografía de Assía, desde la solvencia de un historiador como Villares, es una obra necesaria y de interés más allá de las fronteras gallegas o españolas.

El martes pasado se subastaron en el sur de Inglaterra, por donde están los mejores jardines para visitar, unas zapatillas muy gastadas (45.600 euros) y una copa de brandy (21.380 euros) que usó Churchill. La noticia me trajo a la memoria aquel anochecer en Xanceda. Don Felipe, próximo ya al final de su largo recorrido vital, mantuvo la cortesía de quien contaba con la máxima condecoración británica a un extranjero. Contra el criterio de la señora que le atendía en casa, que nos seguía a una distancia prudente, nos acompañó hasta los coches. Mientras caminábamos, él ayudado por un lado por mi mujer y al otro por mi hijo, nos contó, sobre todo con atención especial al más joven, que aquel bastón en el que se apoyaba había sido de Churchill, que se lo había regalado. E invitaba a que lo tocásemos. Claro, yo lo toqué en aquella ocasión y otras anteriores.

Un bastón de Churchill
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