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Amarrados al cliché

Una furgoneta de la Guardia Urbana de Barcelona envuelta en llamas. EUROPA PRESS
Violencia callejera en Barcelona. EUROPA PRESS

GASPAR LLAMAZARES hablaba estos días de quienes "tienen un cliché de la izquierda y son incapaces de coincidir con un conocido rojo en el rechazo de la violencia". A la inversa, lamentablemente, sucede lo mismo. El que desde la izquierda, o sin posiciones previas, exprese su concordancia con una toma de posición de la derecha será calificado de reaccionario. Como pasará a la condición de dudoso, criptorrojo o, en el mejor de los casos, tonto útil quien desde la derecha, o la independencia de criterio, le dé la razón en algo a la izquierda. Los viejos inquisidores que perseguían a quien cuestionase su dogmatismo y no admitían salvación fuera de la iglesia verían hoy con satisfacción a sus sucesores en la política y en el control social.

En un pasado no lejano de este país hubo excepciones a esta cerrazón tribal: de bandos incomunicados e incomunicables. No nos fue mal entonces como sociedad. Desde que la estrategia de crecimiento partidario, que acentúa la radicalización en bandos, se implantó con éxito en la política española, no hay acuerdo ni para celebrar que las libertades se salvasen el 23-F. Se pasa a calificar de lucha antifascista y por la libertad de expresión el apoyo a un descerebrado que fue condenado varias veces, y no solo por opinar. La embriaguez ideológica o de consignas pretende blanquear como un derecho a manifestarse el pillaje, la violencia que busca el caos y el ataque a las personas. Cuando los excesos van tan lejos que la defensa del orden ya no puede ser exclusiva de la derecha, qué forma de cogérsela con papel de fumar para decir que digo pero, cuidado, no vaya a desautorizar el silencio anterior o las tonterías en forma de consigna. No vayan a molestarse los de mi tribu y declararme hereje los nuevos inquisidores. No vaya a cerrar mis expectativas de ascenso o acceso al pesebre clientelar.

Tampoco ahora se pide el linchamiento de nadie por muy irracionales que sean los comportamientos

La sociedad civil se entiende en la teoría independiente del poder de los gobiernos y los partidos. Pero todos sabemos que los tentáculos partidarios penetran y controlan organizaciones y movimientos sociales. Si en un tiempo se veía a la izquierda detrás de todo asociacionismo, luego se han apuntado todos a tener sus siglas vecinales, sindicales o de defensa del cuco, al que espero con ansias para que anuncie la primavera con el canto de la Internacional o con una jota a la Pilarica. La cuestión es que cante.

Los bandos están marcados y la polarización que caracteriza la política actual necesita para medrar impedir y destruir el diálogo, que implica escuchar al otro.

Ya que nos ocupa la violencia callejera, la cita de Goethe —"prefiero cometer una injusticia antes que soportar el desorden"— se ha retorcido para llevar cada uno el agua a su molino. Goethe no defendía los incendios y la violencia en Mainz, se oponía al linchamiento de un saqueador por la muchedumbre.

Tampoco ahora se pide el linchamiento de nadie por muy irracionales que sean los comportamientos. Sí se pide que los responsables, y los cerebros que diría Aznar, se sienten en los tribunales. De otras anteriores, similares y no tan lejanas violencias callejeras, nunca más se supo.

Amarrados al cliché
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