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Seguridad

LA SEGURIDAD es un anhelo del ser humano. En todo buscamos seguridad de tal modo que esta constituye un bien. Un bien que cuando disfrutamos de él no valoramos suficientemente. Por eso afirma un apotegma latino que "felicibus brevis, miseris hora longa" —la hora es corta para los felices, larga para los afligidos— porque la seguridad es tranquilidad. Si no estamos o no nos sentimos seguros no podemos disfrutar de casi nada y no somos capaces de hacer muchas cosas. Soy un lector empedernido, la lectura no solo me distrae, me sumerjo en ella y me olvido de la realidad. Sin embargo, no me es posible leer si no estoy seguro, si estoy inquieto, si no me siento tranquilo.

No estoy convencido de que cada cada tiempo establezca nuevos paradigmas, porque más bien me inclino a creer que, sencillamente, estos se reformulan para adecuarse a los cambios sociales, pero en materia de seguridad es lo más cierto que la sociedad no puede innovar mucho porque la idea de seguridad no es divisible. O hay o no hay seguridad. Que la seguridad sea relativa o menor es solo un grado de inseguridad, pero no es seguridad.

Importa tanto la seguridad que es un presupuesto necesario de casi todo, de la creatividad, de la productividad, del ocio, del bienestar. Lo es también del libre ejercicio de los derechos individuales, políticos y sociales. De su ejercicio pacifico, lo que conduce a vincular la seguridad y la paz. Sin seguridad en definitiva no hay paz.

Me decía hace poco una importante autoridad que estamos empeñados en la mejora de muchas magnitudes que reflejan nuestra prosperidad: la tasa de empleo, la renta per cápita, el nivel real de protección, el déficit etc., pero todo eso requiere necesariamente para su evolución favorable de la seguridad.

Es acaso la seguridad la primera responsabilidad del Estado. Un Estado que no garantice y propicie con éxito la seguridad de los ciudadanos hasta el punto en que sea posible, circunstancias imprevisibles al margen, no cumple con su función más primordial, es de alguna manera un Estado fallido.

Los actos terroristas que han tenido a Paris como escenario revelan, como también sucedió antes en otros muchos lugares, significadamente en Nueva York y en Madrid años atrás, lo enormemente sensible que es en esta materia la percepción de la ciudadanía. La prevención de acciones que trastornen en la forma en que lo hicieron los atentados que antes apunto, constituye por tanto una prioridad esencial.

La paz es un objetivo irrenunciable, pero descansa en la seguridad. Y para garantizarla deben y pueden sacrificarse, ponderada y proporcionalmente, el ejercicio de los derechos durante el tiempo que sea menester. Así estimo que lo entiende la mayoría social.

Nada puede demandar que tengamos que sufrir un déficit de seguridad colectiva o individual. El terrorismo es una lacra insoportable. Más aún que los magnicidios que el anarquismo protagonizó muy intensamente en el siglo XIX y en las primeras décadas del XX. Y sostengo que es más condenable si cabe que aquella actividad criminal, porque golpea indiscriminadamente, pues atenta en definitiva contra el cuerpo social en su conjunto.

La prevención y la respuesta ante la actividad terrorista debe contar con el apoyo ciudadano. Lo cierto es que quienes nos consideran enemigos y nos atacan por serlo para ellos, no quieren convivir. Y depende poco de nuestra voluntad que depongan su actitud.

Mientras eso suceda, solo cabe defenderse. Defender nuestra seguridad, nuestra paz.

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