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Presupuestos del diálogo

ANTE LA constante apelación al dialogo parece necesario despejar una duda.  Es necesario entiendo, concretar  si el dialogo siempre puede entablarse sin mas, o por el contrario hay ocasiones en los que hay que aceptar algún presupuesto.

Podríamos suscitar el dialogo desde el relativismo, de tal suerte que entendamos y aceptemos como valido, como ha escrito el Papa Benedicto XVI, plantear el dialogo con una concepción relativista, en la que,  dialogar significa colocar la propia fe al mismo nivel que las convicciones de los otros, sin reconocerle por principio más verdad que la que se atribuye a la opinión de los demás”.

Y esto, en ocasiones puede ser bueno y conveniente. Ahora bien, hay veces en las que no es posible ignorar la preexistencia de hechos y realidades que constituyen ineludiblemente presupuestos del dialogo, no porque estén jerárquicamente por encima de otros alternativos, sino porque son un punto de partida ineludible si se quiere realmente el dialogo y que este sea útil. 

Así, y en relación al dialogo entre el Gobierno y quienes puedan ser los interlocutores del nacionalismo catalán que tengan como opción la independencia, hay que partir de dos presupuestos, a mi juicio indeclinables, fundamentalmente porque no se puede dar un salto en el vacio, y ahora, antes y con carácter previo al dialogo mismo, dar por bueno y entender que es un hecho cierto aquello que no lo es. Me refiero a que no puede pretenderse bilateralidad previa donde no la hay. Quien quiera que sea que pretenda representar a los movimientos independentistas, no puede arrogarse la condición de sujeto  constituido, en términos tales que aspire a ser reconocido como un sujeto igual al Estado al que el Gobierno representa.

Como escribió el gran politólogo Samuel P. Huntington, la  mayoría, en el concepto contemporáneo y en ciertas condiciones, no es más que la suma de un conjunto de minorías, que son cambiantes a lo largo del tiempo y, por tanto, pertenecientes a una realidad evanescente.  Eso quiere decir, que, cuando se invoca la representación de una supuesta mayoría, solo se apela a algo difuso, que no se ha concretado, y eso sucede con esos dirigentes nacionalistas que apelan para legitimar sus acciones a una mayoría no acreditada y con cierta permanencia, y por tanto evanescente.
 
Hay un hecho cierto y acreditado hasta ahora: que existe un pueblo, el pueblo español, cuya existencia no puede cuestionarse sin más, del que forman parte los habitantes de la Comunidad Autónoma de Cataluña, pueblo que detenta la soberanía nacional, que es reconocida si por la Constitución de 1978 en su artículo primero al afirmar que  ”la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan todos los poderes del Estado”, pero que no fue atribuida o constituida por la Constitución; era anterior a ella. El pueblo  ejercitó al promulgarla su potestad constituyente de la que como pueblo soberano era titular. Y la parte de ese pueblo que vive en Cataluña, participó activamente en tal decisión, eligiendo primero más de 50 de los 350 diputados  y 16 de los  dos centenares de senadores que aprobaron el texto de la ley fundamental, y votando afirmativamente en referéndum por amplia mayoría la norma constitucional.

Eso significa que el dialogo debe entablarse aceptando esos dos presupuestos, porque quien lo pretenda otra manera lo hace imposible. Si se demanda la aceptación previa de que el pueblo español no está integrado  hoy, entre otras,  por la ciudadanía de Cataluña porque ya existe un pueblo catalán soberano, se está pretendiendo dar por hecho y consumado aquello que se quiere plantear como objetivo del dialogo. Si se sostiene que ese figurado pueblo catalán soberano, tiene derecho a decidir al margen del pueblo español en su conjunto, se está falseando la realidad, porque la supuesta soberanía nacional catalana no existe hoy.

Basta haber escuchado al Sr. Torrent Presidente del Parlamento de Cataluña en su intervención de hace unas horas, para constatar que los dirigentes nacionalistas siguen encastillados en su aspiración o ensoñación, a la que se refieren como si de una realidad se tratara.  Se refirió al parlamento autonómico como representación de la soberanía del pueblo catalán.
 
Así las cosas, ¿cómo se dialoga?.  ¿De qué? ¿De que el pueblo español ha dejado de existir como era hasta ahora? Pero eso no sería un dialogo, sería una negociación para convenir como se gestiona un hecho sobrevenido. Y, ahí la gran cuestión: ¿ha sobrevenido ya y es un hecho indiscutible, que una mayoría significativa de los catalanes, que es y debe ser algo más que unos cuantos ciudadanos más que otros, cosa que además, hasta ahora está acreditado en las urnas que no es así, se han constituido o pueden aspirar a constituirse en un nuevo sujeto político? Y, ¿sería eso posible por la sola voluntad de esos ciudadanos? Hay que dar primero respuesta a eso. Y después determinar los términos del posible dialogo, que, no cabe dudarlo, solo puede versar en realidad sobre una nueva configuración de las instituciones autonómicas catalanas. Pero sobre eso, los líderes independentistas, no quieren dialogo alguno. Es así, y lo demás es solo retorica, y al final solo queda la pretensión de imponer como consumados hechos irreales. Hay que considerar la realidad como es, y actuar en consecuencia. Lo demás son fuegos artificiales.

Pujol, el que fue presidente de la Generalidad, reclamaba el derecho a ser de Cataluña. El problema, la crisis y el conflicto, se suscitan cuando ese derecho a ser pretende asentarse sobre la negación parcial del ser de España. Esa es la cuestión.

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