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Más urbanidad

EN MI ÉPOCA escolar recuerdo que en las papeletas de notas había una ponderación de la urbanidad del alumno, que era objeto de conceptuación como buena, regular o mala. La urbanidad que nuestro diccionario define como "cortesanía, comedimiento, atención y buen modo" y en Roma era designada como urbanitas "una serie de pautas de comportamiento que se deben cumplir y acatar para lograr una mejor relación con las personas con las que convivimos y nos relacionamos", que no es otra cosa que la buena educación en el comportamiento social, puede afirmarse que no solo no ha mejorado en los últimos lustros sino que ha empeorado. Esa es al menos mi apreciación. Un ejemplo de ello: en los espectáculos públicos, cuando en la década de los sesenta y setenta del siglo XX había salas de cine de estreno, pueden tener por cierto los lectores, que en ellas los espectadores mantenían un silencio cortés, y desde luego, no comían ruidosamente palomitas; todo lo contrario que ahora, no hace muchos días no pudimos ver la película, el film era ‘La monja’ no por el ruido de fondo de la trituración palomitil, eso hay hoy que darlo por descontado, sino por los gritos, risotadas, voces y saltos de unos y unas sujetos, hasta que empleados de la sala cinematográfica expulsaron al grupo de jóvenes tenían tal comportamiento y seguían con él, pese a las protestas de los demás. Claro, hoy todas las salas son de estreno, pero los asistentes a ellas no se comportan, en demasiadas ocasiones, como aquellos a los que antes aludía, sino como lo hacían en las décadas aludidas los gamberros del ‘poleiro’ más alborotado del peor el cine de barrio.

En muchas ocasiones se hace patente la crisis de la urbanidad y de la cortesía, que como decía San Francisco de Sales es "la flor de la caridad", cuya antítesis es la incorrección, la grosería y la descortesía. Lo más llamativo es que entre nosotros la descortesía más intensa, la grosera, no tiene hoy consecuencia alguna, es ya un tipo de relación normalizada. Es más la victima de ella no se atreve a llamar la atención del sujeto, hombre o mujer, cuyo comportamiento o actitud son groseros, y que, por cierto no es necesariamente joven: hay hoy descorteses barbados y mujeres groseras en abundancia por todas partes.

Y a todo esto no puede uno dejar de considerar si también hay que enmarcar la dominante falta de urbanidad en la ya manida libertad de expresión. Pues sí, claro, todas nuestras expresiones o manifestaciones lo son, y son libres, eso sí, unos corteses y otras groseras, aunque todo influye en lo que podríamos considerar calidad de la libertad de expresión, que es poliédrica.

No se trata de que te dirijas a quien te acoge en una oficina o te atiende por teléfono hablándole de Ud. y sea imposible conseguir que él o la comunicante desista del tuteo con el que te habla. Bastante es que no te trate de ‘chico’. Siéntate y espera ahí, ¡chico! puede espetarte el interlocutor, cuando uno, pese a no desearlo, no lo duden, se desliza ya por el segundo lustro de los sesenta. Eso es un cambio de los hábitos sociales impulsado por un igualitarismo aparente, o sea, falso, pero no importa, porque excusa tener que elegir si el interlocutor debe ser tratado de tú o de Ud. Y no importa como plantee ese otro la conversación. En el tú deben pensar no hay error. Pero no solo es un cambio de costumbres sociales, también e importa más, la hay en la actitud y en el tono de muchas personas en el curso de la conversación, que en más ocasiones de las aceptables discurre en unos términos rayanos con lo descortés.

Sería bueno que se recuperara el concepto de lo que es cortés, y también el valor de la cortesía para la buena convivencia. Aunque solo sea porque la relación con la gente maleducada, y mucho más con lo que podemos denominar un medio social maleducado, es sencillamente insoportable, y aleja de ese tipo de relaciones sociales que se desenvuelven en marco tan detestable. La convivencia con la mala educación es mala y poco deseable. Al menos así se lo parece a este opinador.

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