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La seguridad

LA SEGURIDAD es un bien, no cabe duda, y los poderes públicos deben hacer cuanto esté en su mano para garantizarla.

Sin embargo es difícil aceptar resignadamente todo cuanto invocando la seguridad se lleva a cabo hoy, y que sin esa ‘coartada’ no tendría lugar. Los desplazamientos privados en medios de transporte a disposición de las altas autoridades, con tal justificación, son uno de los casos más llamativos.

Esos viajes no tienen ninguna conexión con el interés público ni con las funciones propias de las magistraturas que desempeñan los usuarios; sin embargo se endosan al presupuesto, y quien decide son los propios interesados. Conclusión, poco o ningún control.

También la seguridad ha terminando habilitando para someternos a un auténtico abuso, como es sin duda el control al que hay que someterse para acceder a tantos sitios, en particular a las terminales de los aeropuertos. Y van diseñando nuevas máquinas que suponen aun más molestias, y más desagrado. Me refiero a un nuevo dispositivo para el control de los metales, etc., que supone que deba uno levantar los brazos en una postura mucho más que desairada.

Y los gestores de la seguridad no solo no hacen lo posible para aliviar las molestias que todo esto causa, sino que en muchas ocasiones exacerban, a mi juicio de forma arbitraria, las medidas y consecuentemente las consecuencias que para los ciudadanos tiene su ‘sometimiento’ a las medidas de seguridad.

Existen teatros, el Teatro Real de Madrid por ejemplo, en los que hay que superar tales filtros para acceder a los mismos. Y uno piensa que va a una función de ópera, pero debe guardar colas más largas que las que habría si no hubiera tales medidas en ellos instaladas, con lo que hay que acudir con bastante más antelación.

Además, es patente que en esta materia los responsables y los que directamente controlan las medidas, adoptan caprichosamente decisiones que no son capaces de justificar. Pongo un ejemplo. En el acceso a estaciones de alta velocidad, en unos casos obligan a pasar las prendas de abrigo, de las que hay que despojarse, por la cinta de seguridad, y en otras no, sin que se alcance la razón de que en unos sitios se haga y no en otros y sin que nadie se avenga a justificar la justificación, que sencillamente no existe.

Cualquier comentario u observación que hagas se convierte para los servidores del sistema de seguridad en provocación, y para ‘castigarte’ te someten entonces, a ti y a cuantos objetos lleves, a controles sin fin.

Será algo ínsito a la condición humana, pero qué desagradable y qué ofensivo termina resultando en demasiadas ocasiones, todo lo que no es impuesto por razones de seguridad.

Queda por saber cuál es realmente la eficacia de todo esto, pero esa es cuestión para abordar en otra ocasión. Lo cierto y verdad es que no existe quien controle todo esto adecuadamente a mi juicio. O al menos eso parece.
 

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