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La pela es la pela

EN EFECTO, como siempre, cuando acaba la retórica se impone la realidad, y Pablo Iglesias, el que iba a acabar con la casta política y semejaba un ser espiritual por sus maneras al predicar urbi et orbe, parece que es muy humano. Come y vive, como diría un paisano, y por tanto ha solicitado, en uso de lo que la legislación prevé, la percepción de 5.316,4 euros al mes, que podrá cobrar durante 14 meses como prestación compensatoria al cesar, aunque haya sido por dimisión voluntaria, en función del periodo de tiempo en que ha sido vicepresidente del Gobierno. Igualito que los trabajadores.

Come y vive y algo más, de ser cierta la información, que todo apunta a que lo es, de que él y su consorte han acumulado un patrimonio neto de más de 700.000 euros, cuando hace apenas seis años, si decían la verdad, este ascendía a unos 50.000. Es imposible por cierto, que ese caudal pueda ser fruto del ahorro de parte de sus pingües retribuciones públicas, salvo que, y parece que así ha sido, hayan pasado olímpicamente de la limitación de percepciones de la que Podemos presumía, que habría supuesto que únicamente habrían retenido para sí un importe máximo de tres veces el salario mínimo entre 2014 y 2019.

Pelillos a la mar, hay que decir, y penitencia a los que creyeron, que dialécticamente deben ser condenados por confiados.

Me pregunto ¿cómo es que la gente, como gusta al líder podemita llamar a la ciudadanía, —añado yo, a la que le ha votado, y se verá en qué medida le sigue apoyando a él y a quienes integran su coro, con más o menos Vistalegres por medio— puede mantener la confianza en quienes día a día desmienten con sus actos lo que afirman con énfasis reivindicativo, eso sí, parece que solo para los demás? La respuesta está en la vida, en la historia que la narra, en la condición humana al fin.

Enrojecí al oír a este paladín de los desheredados, cuando refiriéndose al confinamiento que soportamos en la primavera del pasado año, presumía de que a él le había resultado más llevadero por tener jardín de su casa, ya saben, la que algunos llaman con ironía el palacete de Galapagar.

Es curioso que este personaje haya dicho con iracundia que no es aceptable que los propietarios de medios de comunicación, a los que según él no ha votado nadie —alguien sí, digo yo, los accionistas de su compañía— tengan más poder que un vicepresidente del Gobierno, interprétenlo bien, que él. Y sorprende porque, mal que bien ha dado alguna clases de derecho político, y ha presumido de haber leído la Critica de la razón pura de Kant —dijo mal el titulo por cierto en la oportunidad de dejar en mal lugar a Albert Rivera, su competidor en la renovación— por lo que, visto lo que afirma, no parece que aprendiera bien en su día la diferencia entre potestas y auctoritas, y será por eso por lo que cree que, cuando se está en el poder político, ya sin más, se es una especie de autócrata.

La auctoritas recordémoslo, la proporciona, entre otras cosas, una cierta legitimación socialmente reconocida, que procede de un saber y que se otorga a una serie de ciudadanos por razones fundadas, ostentándola aquellas personas o instituciones a las que se reconoce capacidad moral para emitir una opinión fundada sobre algo socialmente relevante. Está claro que la clase en la que se explica eso, Pablo Iglesias Turrión, no parece que sea de los más capacitados para impartirla.

En la fiesta de la memoria histórica ha defendido, defiende ardoroso don Pablo, la exaltación del papel de los comunistas entre nosotros. Como ideológicamente hablando es un verdadero marxista sin complejos, evoca con emoción siempre que puede, la trayectoria ‘democrática’ de los comunistas. Lo de las checas y otras cosillas son anécdotas irrelevantes, acusaciones de los reaccionarios.

Y cree por fin, nadie puede negar que es hombre de fe laica, que un dirigente como él, por sus esforzados servicios a la gente puede y debe disfrutar de dacha, perdón, de residencia con jardín. Es lo que significa que la pela es la pela, incluso en versión marxista. Concluyendo en latín: tempus mutare non ratione hominum.

La pela es la pela
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