Opinión

Sobre la inviolabilidad parlamentaria

Venimos observando cómo los debates parlamentarios se degradan en nuestras Cámaras más y más. Las intervenciones se desenvuelven en medio del lio permanente, y los oradores no se esfuerzan en argumentar como es debido, recurriendo cada vez a enfatizar sobre los eslóganes respectivos y a denigrar a los adversarios cada vez con menos continencia, de tal manera que la ofensa y la descalificación, incompatibles con la cortesía parlamentaria, son ya habituales. 

Los parlamentarios gozan de inviolabilidad, y por tanto están exentos de responsabilidad por las manifestaciones que hagan y los votos que emitan en los actos parlamentarios. No por lo que digan en cualquier parte, solo por sus intervenciones en las sesiones en la sede legislativa.

Pero la inviolabilidad no implica que puedan decir lo que quieran en sus intervenciones parlamentarias, una cosa es que no les sea exigible responsabilidad y otra que no estén sujetos a disciplina alguna. Los reglamentos parlamentarios la establecen a mi juicio con claridad. El del Congreso por ejemplo preceptúa que los diputados están obligados a adecuar su conducta al reglamento y a respetar el orden, la cortesía y la disciplina parlamentarios. Como consecuencia por tanto, serán llamados al orden, y eso debe ocurrir si acaece alguno de los sucesos que el reglamento prevé que tenga esa consecuencia. En primer lugar, y en relación con el objeto de estas líneas, cuando los parlamentarios profirieren palabras o vertieren conceptos ofensivos al decoro de la Cámara o de sus miembros, de las Instituciones del Estado o de cualquiera otra persona o entidad.

Eso es lo que dispone el reglamento, y quien dirija la sesión de pleno o comisión debe actuar en consecuencia llamando al orden a quien lo trasgreda en términos que supongan infracción de su deber de no ‘verter conceptos ofensivos’ respecto al decoro de la Cámara o de sus miembros, instituciones del Estado o cualquier otra persona o entidad.

El reglamento no puede indicar que conceptos son ofensivos, lo que si puede afirmarse, y llevamos años debatiendo acerca de esa cuestión, es que no hay libertad de expresión para ofender. En todo caso, solo se admite la afectación del honor y de la dignidad si se estima que lo dicho es necesario para lo que se está argumentando eso sí, con una correcta ponderación. Y, cuando escribo esto oigo a una ministra decir en una entrevista que el reglamento no proporciona los medios para poner fin a tantos excesos como están teniendo lugar en el desarrollo de la actividad parlamentaria, en mi opinión es bastante difícil que la norma parlamentaria proporcione otros.

Dirigí, siendo presidente de dos comisiones legislativas más de doscientas sesiones, y ejercí la moderación de las mismas llamando al orden cuando lo estimé pertinente, requiriendo a quien había propiciado que lo hiciera que retirara lo dicho, eliminándolo además del diario de sesiones. Se sabía, y allí fue mano de santo.

No todo el mundo está en condiciones de presidir una sesión aunque esté asistido del secretario general o de un letrado de las Cortes. El juicio acerca de los excesos en el ejercicio del derecho a la libertad de expresión, que afecta también a los parlamentarios, si no fuera así las previsiones de los reglamentos que establecen limitaciones al respecto serían inconstitucionales, el juicio que debe hacer quien preside la sesión debe ser rápido, certero y expresado con autoridad.

De modo que lo que está pasando no se puede justificar entendiendo que se ampara en la libertad de expresión de los parlamentarios. Es verdad que los hay que en sus intervenciones reclaman ser constantemente llamados al orden, pienso en uno que denominó el jueves al delito de sedición ‘juguete de jueces fascistas’, —el exabrupto dirigido a la ministra de Igualdad no ha sido ni el único, ni el más grave concepto ofensivo vertido en los debates de esta Legislatura— pero eso sucede porque, no se puede decir de otra manera, porque no se dirigen las sesiones con la autoridad y criterio que, competentemente ejercidos, pondrían fin al desorden que impera en las aulas parlamentarias. De lo que acabo de escribir, estimados lectores tengo muy pocas dudas, y solo porque siempre es bueno dudar un poco, aunque solo sea porque, como se ha escrito, la duda es el genio de la razón. 


 

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