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Imágenes de un conflicto

Han sido inquietantes las sorprendentes imágenes de manifestantes discurriendo con actitud amenazante por los pasillos del Capitolio, sede del Congreso de los Estados Unidos, en el que estaban reunidas las dos asambleas que lo componen, la Cámara de Representantes y el Senado, para en términos de la normativa electoral de ese país certificar, esto es, proclamar, al candidato demócrata Joe Biden como 46º presidente de los Estados Unidos.

Y creo que hay que situarlas en el ámbito de un conflicto, el que se ha vivido en Estados Unidos con ocasión del desenlace de las reciente elecciones de noviembre, y acaso durante gran parte de la presidencia de Donald Trump.

Trump no es ciertamente un personaje dialogante, desde luego no trasmite que le guste practicar el diálogo, y su proceder en la escena pública no refleja que su personalidad sea dúctil.

Mientras veía en la televisión lo que sucedía en la sede legislativa norteamericana, de tal gravedad que determinó que se suspendiera la sesión conjunta del Congreso que estaba teniendo lugar, y en la que se produjo algún enfrentamiento violento, así lo acredita la muerte de varios manifestantes y de un policía, pensaba, que siendo el diálogo el mejor medio de resolver los conflictos, que sigue siendo cierta, lo será siempre, también lo es, lo he escrito muchas veces, que hay el diálogo posible que hay, y no hay más, y el conflicto inevitable, que no se puede soslayar y que debe ser afrontado y si es posible reprimido, si es menester con la fuerza.

Se decía en la trasmisión del acontecimiento que tenía lugar en Washington que la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosy, que a sus 81 años va a seguir al frente de la misma, —imagínense ustedes a esa edad, aunque la haya llamado la comunicativa señora Batet para mostrarle su apoyo, en qué retiro feliz estaría entre nosotros— había reclamado la presencia de la Guardia Nacional, sin duda porque los dos mil policías que custodian el Capitolio se habían revelado insuficientes para asegurar el recinto, hay que entender que para que desalojara a los revoltosos empleando la fuerza. Para dialogar no creo que pretendiera Ms. Pelosi, apoyada por Batet, que compareciera en Capitol Hill ese cuerpo armado.

Cuando tienen lugar actos como los referidos, teniendo presente lo que antes he indicado, me pregunto si alguna vez uno de estos conflictos ha podido encararse proponiendo un diálogo, en el caso, entre los manifestantes que querían entrar e interrumpir el acto que se estaba celebrando e imponer en él su voluntad, y los que tenían como misión custodiar el edificio y evitar que la sesión fuera perturbada. La conclusión es que ello no sería nunca posible, dada la radical incompatibilidad de lo pretendido por unos y por otros.

Por tanto, no puede, como parece que hacen muchos, afirmarse con carácter absoluto que los conflictos se resuelven siempre con el diálogo, y rechazar sin excepción la legitimidad del uso de la fuerza proporcionada, imprescindible e inevitable, para poner fin a acontecimientos en los que alguien, sean los que sean, arbitrariamente, con uso de la fuerza o con coacción intenta imponer su voluntad.

En fin, hasta para llegar a un armisticio, para suspender las hostilidades y en su caso retomar la negociación y el diálogo, es menester que se haya producido una confrontación armada, por haber fracasado la conversación previa. Ya escribió Clausewitz, por poco que agrade la cita, que la guerra es la continuación de la política por otros medios.

No sé si los que apuestan por el diálogo como único instrumento de resolver un conflicto suscitado por los que coaccionan, amenazan e incluso agreden, son ingenuos, no creen en las razones que dicen defender, o no están dispuestos a asumir riesgo alguno en la misión, que es obligada, de amparar lo que se cree que debe ser. La verdad es que parece que hay mucha indolencia en la defensa de la razón mayoritaria, y, por contra, mucha pasión, demasiada emoción y poca contención en los actos de los que porfían sin descanso en sus ensueños y pretenden que su bandería se acepte como expresión de la voluntad de los más.

No hay que desdeñar que los rebeldes victoriosos imponen su voluntad a todos. Sin diálogo. Y no hay que olvidar nunca el viejo aforismo Amor Omnia Vincit, pero enmarcado en su propia lógica.

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